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Ahí me tuvo, una vez mas, dejándome en silencio, increpándome duramente por preferir llegar a un cerrado circulo elitista en vez del folclórico y honesto verso empolvado, ese que sazona el humo de las micros, el helado de cien pesos, el abrazo en la fuente de soda, la marraqueta con margarina y el grito de gol dominguero en la cancha de tierra del barrio.