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Palimpsesto

Viernes, 25 de Febrero de 2011 Dejar un comentario Ir a comentarios

Si, súbitamente, te viera hoy, si coincidiéramos en algún instante, no sería capaz, pese a todas mis esperanzas, de preverlo. Todos mis esfuerzos por anticiparme, aquellas añoranzas de verte primero, desde lejos, y casualmente contemplarte mientras ignoras delicadamente a todos y cada uno de nosotros, transeúntes irrespetuosos de un momento de complicidad contigo misma, dirigiéndote en adagio a una mirada común que, estoy seguro, haría que repasara y analizara una y otra vez el orden, la intención, la cadencia de cada palabra de una frase sencilla, tan sencilla que una súbita ansiedad me haría confundirla por completo con los primeros balbuceos secuelas de un abrazo fugaz, breve símbolo de un cariño que jamás terminó, que furtivamente llevara nuevamente a lo mas profundo de mí aquellas notas del olor de tu cuello y de tu pelo, aquella parte del sabor a ti que alguna vez me permitió sentirte y verte en todo lo que te rodeaba, más aun si en algún instante lo tocabas o escribías, como aquello que alguna vez llegó tan a destiempo, solo que allí no importó, y nadie, ni un alma siquiera, se dio cuenta que faltó el inmemorial rito de volverse contra el mensajero. Incluso aquellas discordantes y lejanas ensoñaciones en las que aún recorremos aquellos lugares, clichés de nuestro cándido y unido deambular, apegados a lo único que era nuestro, aquel gélido y oscuro Santiago de invierno que con tanto gusto e indiferencia nos cobijó. Ni aun todo ello seria capaz de darme la maravillosa capacidad de sentir que quien está a mi costado eres tú. Sin que previara intención, tus ocasionales apareceres perdieron toda originalidad y, por esto mismo, toda preintención: ellos se quedaron y, valga la redundancia, aprendieron a ser ocasionales –naturales, diría yo–. No sé cuándo, ni cómo o si alguna vez nos conocimos, si hubo esa primera vez. No recuerdo tu imagen. Caigo en cuenta que he olvidado incluso de donde vienes y quizá gracias a ello me seas absolutamente connatural, ya que, habiendo olvidado tu origen, he olvidado el desconocerte. Eres como mis manos, lo más mío, y te escondes en mi tal como cuando mi mano izquierda juega, ajena todo atisbo de consideración, a esconder aquello que busco con la derecha. Estás en mi, no como cicatriz, jamás lo serías, tampoco como recuerdo. Dios me libre de sentirte a destiempo. Dios me libre de reconocerte.

Imagen: Ma Gali (Flickr)


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