Mono Triste
“Eres un poeta del dolor” fue su respuesta inmediatamente posterior a mis vueltas y vueltas virtuales, preguntándome porqué era que no me salía nada, porqué no podía escribir una cabrona linea encantada, si mi vida estaba completa. Fue un balde, no de agua fría, sino de clavos y tachuelas, que no me cayó encima sino hasta pasada la próxima futura nueva pésima emoción. Los decibeles de los aullidos se incrementaron rápidamente. Quedé como mono triste, y ahora si que fue en serio, como si ante mis ojos estuviera quemándose ya no solo mi árbol; la selva completa ardía en llamas, incluso yo… pero no me revolcaba ni intentaba apaciguar el fuego, porque el mío era un fuego contenido, un fuego de hormigas picándome, claro que no tan agradable como la canción de Guerra.
Ante tanta sensación inherente al ocaso, tuve pudor por los insectos, después de todo, ellos no le hacían daño a nadie, salvo los mosquitos, pero esos, fruto de quórum y unanimidad a la hora de votar su exilio, ya no habitaban las llanuras de la comarca marqueciana. De hecho los bichos fueron los únicos que no pululaban de un lado al otro como todo el resto; se quedaron junto a mí, rodeándome, pero no con ese abrazo nauseabundo que precede al ataque, mas bien como peón orgulloso, como mancha y escudo de acero.
Fue ahí cuando me di cuenta que eso que dicen de la muerte, eso de ver toda la cinta de tu vida en un par de suspiros, no sucede antes del momento en que el cuerpo pierde sus veintiún gramos, se logra cuando se acaba la obra de teatro preferida y salen todos los actores a escena a dar las gracias, el telón se levanta segundos antes de lo presupuestado y al descubierto quedan las caras exhaustas y desganadas de artistas que solo cuentan los asistentes, y que en ningún momento tuvieron ganas de desnudar el alma esa tarde o esa noche.
Tenía en ese momento de extremaunción múltiples alternativas, pero como en la mayoría de los casos, yo solo vi dos. Iniciaba la poco probable empresa de apagar cada uno de los focos de incendio, o me inmolaba pasivamente consolándome con los buenos momentos de la película de esa vida. Sigo en ese momento, como si el fuego se hubiere compadecido de mi dilema de mono triste, regalándome irónicamente congelar el tiempo.
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Imagen: flickr.com/photos/81905324@N00