Miércoles, 28 de Octubre de 2009
“Eres un poeta del dolor” fue su respuesta inmediatamente posterior a mis vueltas y vueltas virtuales, preguntándome porqué era que no me salía nada, porqué no podía escribir una cabrona linea encantada, si mi vida estaba completa. Fue un balde, no de agua fría, sino de clavos y tachuelas, que no me cayó encima sino hasta pasada la próxima futura nueva pésima emoción. Los decibeles de los aullidos se incrementaron rápidamente. Quedé como mono triste, y ahora si que fue en serio, como si ante mis ojos estuviera quemándose ya no solo mi árbol; la selva completa ardía en llamas, incluso yo… pero no me revolcaba ni intentaba apaciguar el fuego, porque el mío era un fuego contenido, un fuego de hormigas picándome, claro que no tan agradable como la canción de Guerra.
Ante tanta sensación inherente al ocaso, tuve pudor por los insectos, después de todo, ellos no le hacían daño a nadie, salvo los mosquitos, pero esos, fruto de quórum y unanimidad a la hora de votar su exilio, ya no habitaban las llanuras de la comarca marqueciana. De hecho los bichos fueron los únicos que no pululaban de un lado al otro como todo el resto; se quedaron junto a mí, rodeándome, pero no con ese abrazo nauseabundo que precede al ataque, mas bien como peón orgulloso, como mancha y escudo de acero. Leer más…
Miércoles, 14 de Octubre de 2009

Cuando los lobos se visten de blanco;
la realidad se propone más violenta e insatisfecha.
Exclama que lo nuestro es su mejor desborde,
exige una buena partida de nosotros sin pensar
que detrás de cada garganta hay un grito
que se expande con fuerza, que transmite poder,
que no se contenta con el espacio de sus pulmones, porque nuestros pulmones siempre son suyos.
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Viernes, 9 de Octubre de 2009

Fila para entrar, fila para registrarse, fila para atenderse. Lo primero que dudé fue si las autoridades de turno comprendían la magnitud de la palabra urgencia. Me antecedía una yegua que se desahogaba telefónicamente con algún familiar, por el hecho de tener que desembolsar cinco castañas por la atención. Desde una palmera pública no me hubiera molestado, ni siquiera lo habría notado, pero mi acidez por la tecnología me impidió ignorar que la hembra aquella llamaba desde su frambuerry-toch. Y se quejaba, y se retorcía, mas que los otros animales; me exasperaba con sus exigencias faciales y desaprobaciones visuales, como si sus moscas debieran reinar en todos los espacios.
Fue quizás el preludio del nudo de garganta, justo antes de que me apaciguaran los genios, de que me relajara la cara, de que me estirara el ceño.
La vi sentada en un rincón de aquel laberinto, tenía la boca seca de tanto tragar saliva. Era una pantera anciana que se había dejado las arrugas para recordar el camino de vuelta, para que cuando la muerte la deba encontrar, le pida que la acompañe con la mas solemne de las formas, y no arrebatándole el soplo en un descuido bruto. Su viejo se le había resfriado. Leer más…