El poeta y el psicoanálisis
iSi por lo menos pudiéramos descubrir en nosotros o en nuestros semejantes una actividad afín en algún modo a la composición poética! La investigación de dicha actividad nos permitiría esperar una primera explicación de la actividad creadora del poeta. Y, verdaderamente, existe tal posibilidad; los mismos poetas gustan de aminorar la distancia entre su singularidad y la esencia generalmente humana y nos aseguran de continuo que en cada hombre hay un poeta y que sólo con el último hombre morirá el último poeta.
En el ensayo XXXV El POETA Y LOS SUEÑOS DIURNOS 1907 [1908] sobre la psicología del poeta, Freud nos muestra ciertas afinidades o vínculos entre lo que un sujeto piensa y fantasea y la manera de reflejarlo en su vida. Tomando en cuenta una categoría particular, de la cual se encuentra la raíz de toda fantasía, y es el juego, como principal motor de esta fuerza que luego hará que el poeta proyecte su deseo, su fantasía, o en caso de no tener buen puerto su anhelo, su pesar y su agonía.
En palabras de Freud, encontramos citas de la que nos aclara, tanto los procesos del creador de versos, como de quienes hacemos de las letras una delicia a nuestros ojos, un placer de lo fonético, un delirio amable para nuestra alma.
Ahora bien: el poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad. Pero de esta irrealidad del mundo poético nacen consecuencias muy importantes para la técnica artística, pues mucho de lo que, siendo real, no podría procurar placer ninguno puede procurarlo como juego de la fantasía, y muchas emociones penosas en sí mismas pueden convertirse en una fuente de placer para el auditorio del poeta.
Al comentar su experiencia en la investigación sobre las fantasías y la explicitación de las mismas, Freud aclara que justamente no se manifiestan de manera natural, sino por el contrario; el sujeto trata de ocultarlas.
Preguntaréis cómo es posible saber tanto de las fantasías de los hombres, cuando ellos las ocultan con sigiloso misterio. Pues bien: es que hay una clase de hombres a los que no precisamente un dios, pero sí una severa diosa -la realidad-, les impone la tarea de comunicar de qué sufren y en qué hallan alegría. Son éstos los enfermos nerviosos, los cuales han de confesar también ineludiblemente sus fantasías al médico, del que esperan la curación por medio del tratamiento psíquico. De esta fuente procede nuestro conocimiento, el cual nos ha llevado luego a la hipótesis, sólidamente fundada, de que nuestros enfermos no nos comunican cosa distinta de lo que pudiéramos descubrir en los sanos.
Se le suma a este análisis una categoría temporal, se dice de las fantasías que son de tres tiempos, de un pasado, un presente y un futuro. Y las fantasías son móviles, adaptables a las circunstancias temporales. Seguramente las fantasías vienen de un pasado y cuando en el presente se ve una posibilidad de concretarlas el futuro es lo que se llena de decoros y adornos, es lo que comenzamos a imaginar y armar en nuestras cabezas.
Para esclarecer la idea de las fantasías y el poeta. Basta con mencionar que el poeta, justamente con este juego latente de sus fantasías logra hacer de las mismas una extensión estética.
…cuando el poeta nos hace presenciar sus juegos o nos cuenta aquello que nos inclinamos a explicar como sus personales sueños diurnos, sentimos un elevado placer, que afluye seguramente de numerosas fuentes. Cómo lo consigue el poeta es su más íntimo secreto; en la técnica de la superación de aquella repugnancia, relacionada indudablemente con las barreras que se alzan entre cada yo y las demás, está la verdadera ars poética. Dos órdenes de medios de esta técnica se nos revelan fácilmente. El poeta mitiga el carácter egoísta del sueño diurno por medio de modificaciones y ocultaciones y nos soborna con el placer puramente formal, o sea estético, que nos ofrece la exposición de sus fantasías. A tal placer, que nos es ofrecido para facilitar con él la génesis de un placer mayor, procedente de fuentes psíquicas más hondas, lo designamos con los nombres de prima de atracción o placer preliminar. A mi juicio, todo el placer estético que el poeta nos procura entraña este carácter del placer preliminar, y el verdadero goce de la obra poética procede de la descarga de tensiones dadas en nuestra alma. Quizá contribuye no poco a este resultado positivo el hecho de que el poeta nos pone en situación de gozar en adelante, sin avergonzarnos ni hacernos reproche alguno, de nuestras propias fantasías.
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