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El día a día

Jueves, 19 de Marzo de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

Es curioso que lo permanente devenga tantas veces en invisible. Cariños, personas, gestos. Están ahí, muchas veces silenciosos, nos observan y esperan, pacientes, un momento de nuestro transitar. Lo mismo le ocurre a las obras de arte: la Biblioteca Nacional, el Palacio de la Moneda, La Marcha a la Turca de Mozart, el Vuelo del Moscardón de Rimsky-Korsakov, incluso el mismísimo Quijote de Cervantes son en la inconsciencia de mucha gente esencialmente iguales a oficinas, ringtones o panfletos. El día a día nos descubre, patente, lo que tiene de cosa la obra de arte, pero nos oculta su simbolismo, su alegoría, su espíritu.

Tal vez por ello siento tanto rechazo por las intervenciones pseudoartísticas de ciertos personajes, cuales predicadores de religiones ad-hoc, que tratan, lisa y llanamente, de estafarnos bajo una estampa de arte moderno. Coincidiremos en que todas las vanguardias son y han sido rechazadas en su momento (ni siquiera intentaré enumerar). Mi rechazo hacia estas formas extrañas no va por allí. Recordarán que hace no mucho alguien montó una exposición que consistía en licuadoras llenas de peces vivos, conectadas a la red eléctrica, completamente funcionales, precisamente incitando a que alguien fuera y la encendiera… u otra exposición que, en un extraño ejercicio metafísico, consistía en mantener a un perro amarrado, sin comida ni agua, hasta que muriera. Dejando de lado a Warhol, a los artefactos de Parra, sólo por dar un par de ejemplos, a este tipo de sandeces me refiero: aquellas que se convierten en un simbolismo sensacionalista y vacuo al cual le imposible de trascender porque carece de toda entidad, de toda sustancia. Quizá experimento psicológico o, más bien, sociológico –amarillista, por cierto–, pero nada más.

Tal como a estos esperpentos, a la obra que se hace invisible en su mundanidad cuesta llamarla arte.

Sin arte, la vida sería un error. Como pocas cosas de las que dijo Nietzsche, esta vez la siento propia. ¡Salvémonos a nosotros, a los que nos importan de una ciudad sin arte, donde un nacimiento es una mera estadística, un matrimonio cosa de tiempo, y la muerte cosa de segundos! Vacua, intransigente. No es un lugar para vivir. Tanto peor aún si gran parte de la culpa es nuestra.

Pero ¡oh, maravilla! Tal como aquellos cariños o aquellas personas, la obra de arte siempre podrá redimirse. Bastará con leer el Quijote, escuchar el Vuelo del Moscardón o la Marcha a la Turca interpretados en vivo por algún pianista, para que aparezca, radiante, el sentido.

He allí algo asombroso con una forma de arte escaza, pero a la cual tenemos la suerte de poder contemplar en una verdadera exposición permanentemente en el Metro: Imágenes de la fundación de Santiago y de la Universidad de Chile, representaciones del Estrecho de Magallanes y de la Pérgola de las Flores, de la construcción del Puente Cal y Canto, del paso de Los Andes de Diego de Almagro, así como del primer ferrocarril que iba de Caldera a Copiapó y el terminal de tranvías que alguna vez hubo en Tobalaba con Providencia. Me refiero a los dioramas.

Aún recuerdo, siendo muy niño, paseos con mis abuelos por Santiago, muchos de los cuales se matizan con imágenes de estos hombrecitos que, casi sin aparentarlo, hacían nuestra historia. Probablemente toda la gente de Santiago tenga este tipo de recuerdos: los enamorados que casualmente se detuvieron y divisaron a una mujer esperando en el andén a su marido que venía en aquél vaporoso tren, y se sintieron aun más unidos; el estudiante que sin quererlo descubrió al fundador de su universidad justo en el momento en que ésta nacía, y perseveró. Esas imágenes históricas, tan mundanas, tan de día a día, dejan de ser una colección de minuciosos detalles para hablarnos desde su sentido.

Como alguien dijera, el mundo está lleno de pequeñas alegrías: el arte consiste en saber distinguirlas. Ese, amigo mío, es el arte que estaba esperando, paciente, que llegara el día que simplemente te detuvieras para redimirse. Y ese día fue distinto para ti también.

Imagen: (cc) Diego Martin™ / Flickr

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