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…Y con nuestro espíritu

Lunes, 16 de Marzo de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

Fue uno de esos días que nadie quisiera presenciar. Aquel día la flota de mar argentina fue instruida con un nuevo curso, uno que los llevaría inevitablemente a la colisión: la orden de avanzar sobre Chile, fuerte y clara, finalmente había llegado.

Momentos después, la otrora expectante escuadra chilena abandonó sus fondeaderos.

Nadia prevía lo que allí iba a suceder. Algunos decian que ganarían los de un lado, otros los de más allá, otros decían que era tan solo el inicio de una guerra larga que presagiaba años de sufrimiento. Dicen que hubo sólo idea que era compartida, y que la mayoría aceptaba resignados: sabían que con toda seguridad pasarían el día de navidad combatiendo.

Faltando poco para aquél fatídico encuentro, aquel 22 de diciembre, la escuadra argentina cambió de rumbo.

El papa Juan Pablo II había decidido actuar. Frente a su llamado, la junta militar argentina a las 18:30 horas del 22 de Diciembre de 1978 emitió la orden de parar el asalto contra Chile. Finalmente no hubo zafarrancho de combate.

Lo peor había pasado. Aquel fue un momento maravilloso, de vitores y una alegría sincera. Recuerdo a mi familia abrazada, unida con un candor extraño que me recordó la primera vez que vi nevar, que vi a la gente salir a la calle, niños y adultos con un gesto de agradecimiento por aquel instante venido desde lo imprevisto. Es una pena que en Santiago nieve tan poco, pero no es menos cierto que gran parte de su magia radica en ello. Ese día fue parecido, copado de abrazos, deseándonos tranquilidad hasta en cada uno de esos pequeños gestos cotidianos, en otro momento tan invisibles. Como en una gran misa, aquel día saludar a alguien fue desearle paz, un pequeño momento de paz que, aunque incipiente, a fin de cuentas fue una salvación.

“La guerra es mi guerra. Está hecha a mi imagen y semejanza y me la merezco” diría Sartre alguna vez.

No todos compartian aquella emoción. “Yo esperaba un grito de alegría, que habría sido muy justificado -recuerda Pablo Wunderlich, oficial del ejercito chileno en la zona del conflicto-, pero hubo silencio, y lo que vi fueron caras de frustración, como diciendo ¿Bueno, y para esto nos preparamos tanto?”.

Aquella frase, aun habiéndola escuchado por primera vez hace unos pocos días, me dejó impávido. Me cuesta creer que alguien sea capaz de sentir así. Prefiero culpar al ímpetu antes de admitir el significado terrible de aquel silencio. Prefiero creer que se actuó sin pensar. Tal vez haya que ser soldado viejo y haber batallado mucho para recién aprender que la mejor victoria, la más gananciosa, es aquella en la que no hay lucha. O tal vez simplemente haya que dejar nuestra soberbia a un lado y ser sinceros por un momento siquiera. Una mirada a mi madre, a mi padre, en fin, a todos quienes quiero en lo profundo me basta para comprender: Dios me libre de tener que luchar alguna vez. Vivir tranquilos, en paz, prosperar: no es sino para ésto que nos preparamos tanto, yo sé que todos ustedes entienden perfectamente a que me refiero. Tal vez es cierto que somos de otra época.

Imagen: Película “Mi Mejor Enemigo” / http://www.mimejorenemigo.cl/

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