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El peso de las ausencias

Martes, 20 de enero de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

Hace unas semanas, salí­ del edificio y caminaba por la avenida, un auto me esperaba, tenia 36 minutos para llegar a la estación, no comprendí­ porque pero en ese momento empecé a tiritar, y sudaba como un glaciar en deshielo en el equinoccio de verano… Y una joven que en ese momento cruzaba la calle a mi lado de pronto comienza a gritar… y me doy cuenta de que estamos a mitad de la calle; miro el semáforo en rojo y del otro lado, una oleada de autos, son cientos, y se dirigen hacia nosotros, y yo me paralizo, no puedo moverme…


“…Helo ahí­, al ser, póstumo gobernante de sí­ mismo, soberano de su prodigio sobre la nada… ¡Por supuesto!  ¿En quién más confiarí­a? Si por aquel en el cual yo creí­a y en cual depositando la llama de mi razonable existir, fui abandonado.

Ahora, soy desconfiado; mi indiferencia por los placeres de la vida social es mi aire y el todo, por eso es que te escribo. Sé que estás muy lejos, y sé que también quieres empezar, pero te ruego que esperes un segundo, sólo debes escucharme. No es sólo un episodio pasajero, una recaí­da o un tropiezo, es…
¡Te lo suplico, por favor! Trata de pensar que no es sólo una locura, porque no es sólo eso.

Hace unas semanas, salí­ del edificio y caminaba por la avenida, un auto me esperaba, tenia 36 minutos para llegar a la estación, no comprendí­ porque pero en ese momento empecé a tiritar, y sudaba como un glaciar en deshielo en el equinoccio de verano… Y una joven que en ese momento cruzaba la calle a mi lado de pronto comienza a gritar… y me doy cuenta de que estamos a mitad de la calle; miro el semáforo en rojo y del otro lado, una oleada de autos, son cientos, y se dirigen hacia nosotros, y yo me paralizo, no puedo moverme y de pronto me abruma la sensación de que estoy cubierto por una sustancia, y está en mi cara  y en mis manos, es como una pelí­cula, como una capa, al principio pienso y me digo “Oh mi Dios…¡Ya sé que es esto!, una especie de lí­quido embriónico  ¡Estoy empapado en placenta!” pero rompí­ el caparazón, desgarré la crisálida y renací­.

Entonces el tráfico, la estampida, los autos, las bocinas, esa pobre mujer gritando, y yo me digo… ”No, no, no, reconsidera, no has renacido, esto es una especie de ridí­cula ilusión, de una renovación que se presenta en los momentos previos a la muerte…” y entonces lo entiendo. No, no, esta es una equivocación, porque al mirar hacia el edificio, tuve un asombroso momento de claridad, entendí­, que no habí­a salido nunca del apartamento, ni habí­a abordado el ascensor, ni cruzado la sala hasta la puerta. Estaba en el interior de una bestia, un organismo cuya única función es excretar el veneno en las municiones que es el condimento necesario para que otros organismos más grandes y poderosos, destruyan al milagro de la humanidad.

Yo habí­a sido cubierto por esta espesa fábula de porquerí­a la mayor parte de mi vida, y que su hedor y sus marcas, tardarí­a el resto de mis dí­as en eliminarlos de mí­ Â Â¿Y sabes lo que hice?  respiré profundamente e ignoré esa sensación, la pospuse y me dije “…A pesar de ser tan clara, tan potente esta sensación, tan real lo que acabo de presenciar hoy, debe esperar, primero debo enfrentar esta prueba… ¿Y sabes algo más?  éste es el momento de empezar, ahora.”

Entonces programé mi mente para que mi cuerpo se duerma y descanse, y entré en el limbo de los sueños y sus gráciles prados. Entonces sueño que en un sueño me encuentro ante una luz enceguecedora que me da de lleno en los ojos. Nada alcanzo a ver ni a distinguir lo que hay del otro lado. Pero sé que hay alguien.

-¿Dónde estoy? pregunto angustiado, ¿Quién esta ahí­?-
-Adivine…
me responde una voz frí­a y superior-

      Magnalardus

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