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Lunes, 12 de enero de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

Ahí­ me tuvo, una vez mas, dejándome en silencio, increpándome duramente por preferir llegar a un cerrado circulo elitista en vez del folclórico y honesto verso empolvado, ese que sazona el humo de las micros, el helado de cien pesos, el abrazo en la fuente de soda, la marraqueta con margarina y el grito de gol dominguero en la cancha de tierra del barrio.

Recuerdo que le dije que debí­amos hacer de café (como le decimos abreviadamente) un sitio purista, apegado a lo que el real significado de la literatura y las artes implican, respetando los márgenes, los espacios, las ortografí­as, las referencias, los respetos…

Me miró con cara de bicho raro, y mientras dejaba por un momento de lado el joystick de la consola de juegos en boga, me preguntó si era estúpido o qué.

Me preguntó que cómo se me ocurrí­a que un tipo como él iba a permitir otro museo al que no entrasen los pendejos (no por norma, sino por que a los cabros chicos no le gustan los museos), o si acaso querí­a que se me pasara la vida citando “gí¼evones”, reciclando ideas.

Ahí­ me tuvo, una vez mas, dejándome en silencio, increpándome duramente por preferir llegar a un cerrado circulo elitista en vez del folclórico y honesto verso empolvado, ese que sazona el humo de las micros, el helado de cien pesos, el abrazo en la fuente de soda, la marraqueta con margarina y el grito de gol dominguero en la cancha de tierra del barrio.

“También hay historias buenas para el barrio alto, pero esas tramas son mejores para las pelí­culas de estafas o de acción. Hay mas plata que lavar y mas autos para romper.”

Ahí­ tuvo su feedback otra vez, él versando porque piensa que escribir es mas importante que leer, y yo citándolo porque es un “gí¼evón” que tiene la boca llena de razón.

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