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Nos iremos, me iré con los que aman

Jueves, 8 de enero de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

 

    Dejando una promesa dibujada
nuestra voz entretanto ensimismada
se divide en el aire y atraviesa
la azul crueldad de la naturaleza
mientras solos cruzamos
la playa y nos hablamos

 

                                                                                    

 

 

Silvina Ocampo, argentina (1903-1994) es reconocida en la actualidad como una gran escritora que siempre fue opacada por la figura de su hermana mayor Victoria, una linda mujer y en cambio ella, ella un poco fea y jamás entendida, como también ella no entendí­a; ella buscaba por otros lados, observaba a los otros, las situaciones, los pobres…
Los í­ntimos de Silvina, Adolfo Bioy Casares, su marido once años menor, y Jorge Luis Borges su amigo, reconocí­an de ella su multifacética personalidad, hablaban de las silvinas que aparecí­an según las circunstancias, una mujer excepcional que jugando con ella y el lenguaje tildó su estilo de un modo bastante peculiar, original, vanguardista. Tan vanguardia que en su época, los crí­ticos eran duros al reconocerla.
Para este año se espera la edición de dos libros: Cornelia frente al espejo y Poemas inéditos sueltos
Su relación con Adolfo hizo que del azar de las letras se encontraran dos cabezas que sumadas enfrentaban la literatura como una locura que está en el aire y que se palpa con la piel. La amistad con Jorge Luis Borges y el reconocimiento de sus pares como Cortázar, Calvino, Bianco, Pizarnik, la consagran más aún como quien entiende del lenguaje formas diferentes e inusuales de explicitarlas y juega a escribir como un ejercicio de letras.

Caminábamos lejos de la noche,
citando versos al azar,
no muy lejos del mar.
Cruzábamos de vez en cuando un coche

Uno de sus mayores temores en la vida, que aprendió a asumir,  eran sus sospechas fundadas de las infidelidades de Adolfo; si hasta tuvo que asumir una maternidad que Adolfo querí­a de una hija que ella no parió y sin embargo reconoció como madre legal y que aún más, amó como jamás nadie habí­a  imaginado de Silvina como mamá,  y así­ nos devela todo lo transitado para entender lo que es la vida…
 

Envejecer también es cruzar un mar de humillaciones cada dí­a;
es mirar a la ví­ctima de lejos, con una perspectiva
que en lugar de disminuir los detalles los agranda.
Envejecer es no poder olvidar lo que se olvida.
Envejecer transforma a una ví­ctima en victimario

Silvina perdonaba en silencio, siempre en la duda de que él la dejarí­a, y ella se quedarí­a sola en  todos sus mundos y de todas sus formas, con palabras.
Resultó que la vida se la llevo a ella antes que a él, primero una confusión en la cabeza de sus ideas y sus sentidos y una torpeza en sus movimientos, y Adolfo contrata alguien que la cuide, Ninguna de las Silvinas le perdonó esto a Adolfo.
Marta, hija de la pareja muere veinte dí­as después. ¡’Pobre Adolfito!  se quedó sin dos mujeres imborrables de su vida. Y ahí­ le suplicaba que no se fuera, que no sabrí­a que harí­a sin ella, pero ella por esta vez habí­a partido sola y para no volver…

Nos iremos, me iré con los que aman,
dejaré mis jardines y mi perro
aunque parezca dura como el hierro
cuando los vientos vagabundos braman


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