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El primer dolor

Martes, 23 de diciembre de 2008 Dejar un comentario Ir a comentarios

Perséfone Ortega era la hija más chica de un matrimonio de artistas. Tení­a los ojos de un color turquesa diáfano, la nariz respingada, una boca carnosa y los pómulos marcados. Era la clase de mujer que hacia que los hombres pierdan la cabeza. Era el sueño del poeta desvelado, el infierno de los enamorados, con la ternura propia de quienes desconocen que rompen corazones y matan sueños por el solo hecho de existir

Era 15 de Julio. La familia desayunaba completa en la enorme cocina de la casa. Ramiro Ruiz contaba su nuevo y descabellado proyecto de construir un molino en el patio de la casa, con planos diseñados por él. La familia lo escuchaba sin interés, aunque divertidos ante la expectativa de la revolución que siempre llegaba de la mano de los proyectos de Ramiro Ruiz, en el que la casa entera quedaba patas para arriba, a Ramiro se lo veí­a caminando por todos lados, consumido por sus ansias, con el pelo desmarañado y los ojos desorbitados, murmurando frases inteligibles que solo él entendí­a, perdido en quién sabe que planos y geometrí­as indescifrables. Todos sus proyectos siempre terminaban archivados en algún cajón, guardados para cuando la ocasión fuera más propicia, para cuando el sol estuviera más cerca, para cuando las vacas volaran.
Fue mientras Ramiro Ruiz hacia su perorata sobre vientos y harinas, que alguien notó la falta de Luciano del Monte.

- mierda, de nuevo falta el abuelo- dijo Ramiro.

Luciano del Monte tení­a la memoria transparente como el agua para aquellas épocas. No reconocí­a los rostros de la familia, y se perdí­a en largos monólogos de mujeres perdidas. La familia salió a buscarlo. Pronto se sumó el barrio entero. Y en una hora, casi todo el centro de Gobri estaba buscando a ese viejito adorable que recitaba poemas de desamor.

Cuando ya la desesperación impregnaba los ánimos, un abogado prominente, vecino de la casa, lo encontró en una esquina vieja, frente a una casa con los postigos cerrados y el peso de los años de abandono en el techo y los jardines.

Tení­a puesto un traje de franela azul, y una rosa marchita en el ojal.

Acá, en esta casa, viví­a Perséfone Ortega- dijo- cargaba sobre sus hombros la maldición de ser la mujer más hermosa de todas, y la novia de todos los infiernos. Desde luego, no podrí­a haberse llamado de otra forma.

Perséfone Ortega era la hija más chica de un matrimonio de artistas. Tení­a los ojos de un color turquesa diáfano, la nariz respingada, una boca carnosa y los pómulos marcados. Era la clase de mujer que hacia que los hombres pierdan la cabeza. Era el sueño del poeta desvelado, el infierno de los enamorados, con la ternura propia de quienes desconocen que rompen corazones y matan sueños por el solo hecho de existir, la tí­pica belleza que desconoce ser bella, llevando con su aliento de flores y paraí­sos perdidos a todos (o casi todos) los hombres a la locura, que mueren en la agoní­a de saber que su amada ni siquiera sabe que ella es la razón de su calvario.

El abuelo Luciano, al igual que todos los -en ese entonces- muchachos de Gobri que conocí­an de su existencia, habí­a sucumbido ante sus encantos de bruja de los cielos y ella no se daba por aludida del tendal de hombres muertos de amor que dejaba a su paso. Ignoró a todos los que la pretendieron, despertando entonces la ira descontrolada de todos aquellos que la amaban.

Perséfone Ortega murió envenenada una tarde triste de otoño, cuando comió a la hora del té unos pasteles que habí­an llegado de parte de un pretendiente anónimo. Desde entonces y para siempre, los muchachos de Gobri que habí­an conocido a Perséfone Ortega quedaron viudos de amor.
El abuelo, parado en esa esquina con su traje de franela azul, habí­a encontrado en esa clara laguna de sus memorias, el único sentimiento que habí­a sobrevivido al huracán del Alzheimer. El primer dolor.

I. Hughes

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