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Cuento para ir a dormir

Viernes, 19 de diciembre de 2008 Dejar un comentario Ir a comentarios

Esta es la historia de un remolino mezquino, que le quitó a Sofí­a la razón de su salida a fumar.

Era una hoja y una piedra pequeña, de vuelta y vuelta. A ratos la piedra alcanzaba a la hoja pero casi siempre era al revés, porque obviamente le jugaba a favor lo ligera, lo volátil, pero de pronto la hoja perdí­a el rumbo. No perdí­a el liderazgo por cuestiones fí­sicas sino porque le parecí­a absolutamente improductivo estar en un remolino con una piedra siendo ella una hoja. Pensaba en lo espectacular que serí­a reunirse con mas y mas hojas, para poder hacer algo realmente grande.

Esta desconcentración era aprovechada por la piedra y la hoja de pronto se veí­a acorralada, pero la piedra (bastante menos soñadora) se autoconvencí­a… “que mierda, si mal que mal soy piedra”. El trabajo de las piedras es yacer, por ende, no solo estaba incumpliendo sus labores, sino que además estaba jugando. Si bien la piedra llevaba ya buena velocidad, no le apetecí­a ganar ese duelo, le daba lo mismo, solo lo hacia por estar cerca de la hoja. Entonces empezaba a bajar su ritmo disimuladamente de tal forma que la hoja no se diera cuenta que se dejaba sobrepasar a propósito, porque hacerle eso a la hoja, uf, mejor no entrar en detalles.

Entonces la hoja, acelerando, pensaba que volviendo a estar a la delantera, podrí­a seguir planificando sus alianzas con otras hojas, y eso la dejaba tranquila. La piedra se reí­a para dentro, por que sabí­a que bastaba que no bajara su velocidad y la hoja, que no soportaba las derrotas, se tendrí­a que quedar para siempre (o hasta ganar), pero aun así­ en algún instante dejó que lo sobrepasara, con un dolor agridulce, como una canción bohemia de Sabina.

Hasta que ocurrió. Volvió la hoja a su habitual delantera, y retomó la piedra su normal “persecusión”. El viento (imparcial) que solo cumplí­a su labor, hizo un ademán de cansancio, como que ya no le apetecí­a seguir auspiciando sueños de poder, mandó a joder a cualquiera que que lo necesitara; delegó, pero avisó poco antes. La piedra jamás dejó de moverse, y como el viento era cada vez menos potente, agotó hasta sus últimos esfuerzos de piedra. Por otro lado, la hoja, que tení­a la oportunidad irrepetible de largarse a otros vientos y salir victoriosa de aquel tango, lo pensó dos veces. Se acordó que si bien como hoja habí­a conocido muchos lugares, no pertenecí­a a ninguno, y le vino de pronto una peculiar envidia por la piedra. Se dió cuenta que la piedra estaba jugando, que en realidad querí­a volver a estar con sus compadres piedras, con su familia piedra, y que aunque no fueran piedras preciosas, al fin y al cabo eran sus piedras.

El viento cesó luego que cada uno tomara su camino. No hay finales abiertos, el viento saque sus cuentas.

A ratos ellos se acuerdan, ella de él, él de ella. Ella relee sus versos tratando de sentirlo sobre ella, diciéndole que la ama y que sin sus besos no puede vivir. í‰l revisa sus archivos, y le pone zoom a las fotos, a ver si la siente mas cerca.

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Imagen: http://simplement.wordpress.com

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