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Natural, esa

Jueves, 18 de diciembre de 2008 Dejar un comentario Ir a comentarios

Situada quién sabe dónde, Irialita era el único lugar en el mundo donde podí­a apreciarse algo así­.

Una mujer que viví­a en esa isla constituí­a un extraño fenómeno, incluso para los mismos irialitos. Nadie sabí­a de dónde habí­a venido, ni por qué tení­a ese extraño aspecto. Los niños, como siempre libres de hipocresí­a, eran los únicos que se atreví­an a mirarla de cerca. El color de su pelo oscilaba entre la escala de grises al blanco. Su piel estaba arrugada, como la ropa mojada luego de haberla retorcido. “¿Tendrá alguna enfermedad?”, se preguntaba la gente. Pero esa hipótesis era rápidamente descartada… pues su aspecto no cabí­a en ninguna descripción médica. Además, se notaba que gozaba de buena salud. Bajo los pliegues de su piel, bajo sus brillantes ojos negros, habí­a vida. Era una mujer extraña, sí­; hasta tenebrosa algunas veces. Sin embargo, estaba llena de vida.

Hasta parecí­a más feliz que los demás.
Uno de esos niños que la miraba, tomó valor y se le acercó para hablarle. Su curiosidad habí­a, por fin, vencido a su miedo. Deseaba desde hace mucho tiempo hablar con esa mujer… preguntarle por qué era tan distinta a todas las otras mujeres del mundo. Preguntarle qué le habí­a ocurrido, para quedar semejante a una pasa de uva deshidratada.
Temblando, esbozó un pequeño y casi inaudible saludo. La mujer lo miró y sonrió. Ante tan cálida respuesta, el niño ganó confianza y le preguntó cómo estaba, cómo se sentí­a. Ella no pudo contener unas imprudentes lágrimas que se le escaparon de sus ojos, y con más dulzura que el mismí­simo azúcar, le contestó que estaba feliz.
El niño entendí­a cada vez menos, imagí­nenselo. Una mujer rara, rarí­sima, única en su especie, de lento andar, piel arrugada, ropas también extrañas… y pelo casi blanco. Esa mujer le habí­a sonreido y ahora le decí­a, emocionada, que era feliz. Y no se limitó a decirle sólo eso… también le dijo que ella sabí­a que él deseaba hablarle, y que llevaba bastante tiempo esperando el momento. “Ahora que ha llegado, y has llegado, soy feliz.”
Por supuesto que el personaje-niño de este cuento irialito le pidió explicaciones. De cómo sabí­a ella todo eso… de su felicidad… y de por qué lucí­a de ese modo.
Ella, riendo entonces, le dijo que sólo era vieja. “¿Vieja? ¿Cómo?” , preguntó el chico asombradí­simo. “Yo entiendo que una computadora, pasados 6 meses de su creación, es vieja. Y entiendo que una ciudad puede ser vieja. Hasta un hombre. Pero las mujeres no son viejas… ¡son las únicas que no envejecen!”, replicó.
A esta altura la mujer habí­a incorporado un matiz triste a su semblante. Con la mirada apagada, le dijo: “Antes, hace mucho tiempo, las mujeres también envejecí­an. Es que, ¿sabes? Está en su naturaleza. Pero varios motivos las llevaron a conservarse llegado cierto punto, llegada cierta edad… Justamente, una vez que llegan a los 40 años, hacen un retiro a Nunca Jamás… como se llama el Hospital Central, lo sabes. Y se estiran la piel, se moldean el cuerpo, se agregan siliconas, se colorean el cabello, usan cremas reductoras, hacen dieta, se depilan definitivamente, se visten con ropa de moda… y se olvidan de envejecer.”
El chiquillo no daba crédito a lo que oí­a. Le parecí­a imposible… un cuento, una locura de esa mujer. “Quizás la locura la volvió de este modo.”, llegó a pensar.
Notando la incredulidad del niño, la mujer se entristeció un poco más. Metió su mano izquierda dentro de un bolso que llevaba, y buscó por unos instantes hasta que encontró y sacó una fotografí­a. Sin mirarla, se la entregó al niño y se fue. Cuando éste vio la imagen, quedó boquiabierto: mostraba mujeres “viejas”, como la extraña señora que, por cierto, se alejaba lentamente.
Unos dí­as después, murió la última mujer que habí­a decidido envejecer naturalmente.

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