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El Camino al Pueblo Oculto…

Miércoles, 18 de agosto de 2010 Dejar un comentario Ir a comentarios

refugiado  Toma mi mano, no me mires a los ojos si no quieres,

recuerda que soy un hombre enfermo con los dí­as contados…

Toma mi mano, he venido a sentir el calor de tus lágrimas

prende una llama que enfrente el reflejo de tus pupilas en la oscuridad, y mí­rame arder.

Piensa que estaré  bajo el mar, en cualquier lugar donde mi rostro ya no tenga valor.

Decidirás continuar buscando tus raí­ces… 
He construido mi propia miseria

creo que me revela una luz que brilla en el cielo,

pero aun así­Â  no puedo dejar de escuchar el grito desesperado

que lanzan los fieles cuando encuentran los milagros

en el castigo de las figuras envueltas en llamas en cada sueño nocturno

y en cada despertar entre lágrimas;

la lealtad entre los esclavos,

la lealtad entre los esclavos; recuerda el amarillo de la piel,

la serenidad después de que las heridas paraban de sangrar… 
La solidez natural de la carne de las manos

será  para los que cumplen el deber de enterrar con su propia fuerza

a un amigo que fue su padre,

la enfermedad y el destello sobre el granito

que cubre los huesos, la carne y las piedras

en donde se alimentan los cauces de los rí­os

hasta las cuencas cercanas al centro de la Tierra

en donde crece el pulso de los corazones que estallarán

justo después de haber procreado,

el perdón y la rebelión ante los secretos que forjaron la forma de caminar,

la sonrisa de quienes te pueden traicionar y robar la vida

el amarillo de los ojos enfermos, de la ternura y de la piedad;

honra a tu madre, la fatiga de recordar tu nombre

hasta la adultez de los cuervos que desprenden la carne de tu espalda. 
Necesitamos un nombre para permanecer en silencio frente al fuego

No puedo seguir creyendo más, no quiero creer en el trueno al que mis abuelos temí­an,

los espí­ritus ya están en el cí­rculo esperando por la noche,

mi corazón se agita con las luces de los montes, con tu cuerpo desnudo en la ventana…

debo saberlo, dormir con el mismo miedo de siempre, para la serenidad de tus manos,

despertar en las mañanas dentro de mí­, para el alma que desaparece,

para nuestros nombres en el eco de los templos de roca junto al mar

en los que los murciélagos conciben sus mundos frágiles y secretos.

 

El sudor bendijo las frentes de los refugiados, entre el sonido grave del viento en las plantas

y la imagen cegadora de las inscripciones lapidarias.

Los ojos cansados de las aves nocturnas, espiaban el mundo que pasaba ardiendo bajo sus garras,

el fuego tras las visiones de las cruces negras en la oscuridad,

el fuego levantado por los cachorros, dormidos con el polvo en sus narices

respirando el dolor y la miseria en la carne desgarrada de los compañeros. 
La esencia cálida del carbón en el viento

tocó  la frente del condenado antes del sonido de los disparos,

su muerte dispuesta ante los ojos de aves extrañas, rasgando en la madera pálida

de las habitaciones abandonadas donde el retrato del dictador enmudece

y envenena la sangre de los que aún pueden correr por sus vidas.

La sangre llenó  la visión de la luz debajo de cada roca,

las alas imaginarias de los terrenos desbastados,

el ruedo del alma de las máquinas

impregnadas con el olor de los alimentos descompuestos

que las criaturas perseguidoras del sol de la frontera

cargan como el aliento del fuego consumido en la última piedra de la ciudad.

 

La aurora del humo en el polvo se carboniza en mi vientre,

y los que han sobrevivido observan sus cicatrices

como a imperios malditos que no desaparecerán,

en un dolor agudo los rí­os se derrumban en la madrugada

en los huesos y en la calidez de la carne como puñaladas ciegas…

la memoria es una bestia más grande que cualquier fuego

que se pronuncie para acallar esos rí­os,

los demonios de los recuerdos acarician el espejo

y las velas se prenden para recibir las lágrimas de las sombras;

el rí­o y el color de mis venas, el rastro de la sangre seca en el pavimento

después de las peleas de barrio,

después de las luces que el alcohol

roba de los nombres de los territorios desolados

y se encuentra la paz momentánea, el amor eterno,

el amor que nos dejará, el amor que no nos atrevemos a pronunciar…

el rí­o y el color de mis venas,

es lo que puedo ofrecerte para ser el padre de tus hijos,

es lo que puedo sacrificar de las sombras de los animales

en los caminos de tierra, en mis recuerdos como hijos del sol

y hacer volver a nacer la lluvia

apretando tus manos y enfrentándote a los ojos,

confiarte el secreto del viajero rebelado del que todos hablan

como el hijo de la tierra,

o como el mito que los guardianes de las fronteras

enfrentan cada vez que empuñan sus armas,

su final, el final de sus ojos violetas por el mundo de recuerdos reflejados,

derrotados y soñadores por la perdida de sangre

en su decisión de enfrentar a la justicia humana

con el color de la sangre que no distingue las heridas del cuerpo y del alma

dando el poder a sus niños que rogaban al cielo y pedí­an al mar 

salvar la existencia de las sombras de su padre ante cualquier consecuencia.

Volverí­a a vivir todo este destierro por cualquiera de ellos;

recuerdo el fuego del cansancio de su voz

cada vez que me alejo de las luces de la ciudad

para buscar la tierra entre las oscuridad de las noches de aire frí­o y fuegos fatuos 

a la que llegaron los conquistadores perdidos

en las sombras de las trazas de sus manos,

destruyendo todo el nuevo mundo que abrí­an a su paso,

forzando la voz de mujeres mal heridas

intentando encontrar en los dibujos de sus vestimentas ultrajadas

las voces de sus hombres todaví­a invocando el alarido del cielo

desde sus corazones cruzados por las mismas armas construidas

para proteger el alma de los hogares de la memoria eterna

de las guerrillas bajo las tormentas…

 Javier Flores Letelier


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