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El cine como narcótico

Martes, 17 de noviembre de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

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“Con ayuda del cine se pueden tratar las cuestiones más complejas del presente… Pero una y otra vez hay que buscar el camino por el que tiene que ir el cine como arte… el trabajo practico del cine será algo infructuoso y desesperanzado, sino comprendemos la especificidad de este arte, sino encontramos nosotros mismos la llave para abrirla ”

Andrei Tarkovski.

Debo comenzar por hacer una pequeña confesión para aquel que lea estas primeras lí­neas: Una de las tareas que hago con mayor pesar es ir al cine, no entiendo eso que llaman “cine de autor” o “cine arte”, como si hubiera uno que no lo tuviese pues hasta donde yo sé, toda obra por deficiente y mala que sea posee autor, incluso estas mismas lí­neas son el resultado de disquisiciones de uno deficiente y aspirante.

No soy de esos que frecuenta el cine Normandie u otro parecido, por lo demás, no se cómo pueden permanecer sentados en esas sillas que destruyen lentamente cualquier tipo de concentración y disposición, terminando por unir el esfí­nter con el cerebro.

Luego de esta pequeña aclaración necesaria, podrí­a resultar hasta paradójico que intente escribir sobre cine, pues según me enseñaron, no se puede hablar de lo que no se sabe, sentencia con la cual no estoy tan de acuerdo, pues hay experiencias que van desde las mí­sticas hasta las estéticas despertando el mayor interés; a saber; la Etica (el Bien), la estética (la belleza) y la religión (Dios) todos problemas, que emergen de las profundidades del quehacer humano para constituir sentido, entonces, cómo no preocuparme de asuntos de los cuales se ignora por su dificultad para acceder a ellos. Aún así­ me arriesgaré, pues de lo que no se sabe o no se tiene certeza hay que hablar. Pero también hemos visto la posibilidad del naufragio en el intento de acceder a ellos, así­ es que, lo más probable sea uno más en la Balsa de la medusa.

Intentare ahondar en el cine, un fenómeno entre tantos otros que nos golpean o seducen, por los que sentimos gusto o displacer, amor u odio.
DIRIGIR LA MIRADA.

¿Por qué, entonces, dirigir la mirada a la cinematografí­a o mejor dicho hacia el cine?, porque abre un plexo de posibilidades que luego iremos tratando. Pero aun no hemos dicho nada. Centramos la atención en el cine, pues se erige como un fenómeno de masas, como un efectivo instrumento del poder y como mercancí­a que lo deslegitima como posibilidad artí­stica.

Antes que los hermanos Lumií¨re en el sótano del Gran café de Parí­s proyectaran a través de un cinematógrafo “La llegada del tren a la estación”, algunos ya sabí­an de la existencia de un kinetoscopio, mucho más precario y rústico que su sucesor. Lo que pretendo mostrar es la necesidad de ciertos artefactos de los cuales se debe disponer para la confección de otro, en otras palabras, fue necesario una técnica que permitiera la emergencia del cine. Pero la técnica y sus artefactos eran proporcionados por un mercado en plena industrialización y en donde la burguesí­a pretende plasmar en todo su rúbrica para conseguir su trascendencia como clase. Todo esto amparado bajo el humeante vientre del capital.

Con lo anterior ya comenzamos a vislumbrar una asociación sospechosa que podemos resumir en arte – industria – mercado , esta triada compromete al arte en sus estructuras internas, en sus propósitos, en sus temáticas. De la singularidad y aura benjaminiana a la mercancí­a y serialismo kitsch. Esta estructura se vuelve sospechosa porque el mercado si bien rompe con los “gustos de elite” –lo que puede ser leí­do como una democratización del gusto– también fetichiza el arte transformando al sujeto en un voyeur, un paseante.

Es así­ como el gusto del burgués se encarna en el flaneur, un curioso, que deja de habitar para fascinarse dentro de una ciudad que se va modelando al más puro estilo panóptico. Pero ¿Qué tiene que ver el cine con todo esto? Tiene que ver en el sentido en que surge como punto de fuga, pues el tipo de sociedad que desea el capitalismo necesita construir un sujeto paseante, acrí­tico, narcotizado y enajenado en donde la libertad se encuentre regulada por el mercado sin más. Para ello se sirve de todos los medios a su alcance con tal de lograr la desformación de los individuos. Pero esta desformación se da, aunque suene paradójico, como formación, normalización, estandarización de los gustos, deseos y costumbres, en consecuencia un individuo normal, encausado, un ciudadano. Este ciudadano en permanente contención, tal vez de manera inconsciente, busca puntos de fuga que le permitan “irse” de lo cotidiano, necesita de otra realidad, y esa aparente fuga se encuentra en el celuloide. También esto toca para los autores, que muchas veces modifican sus obras con tal de generar una pirotecnia que escandalice a las masas, pero con el deseo soterrado y medido de llenar las salas o los museos. Andrei Tarkovski cineasta ruso, que deseaba salir de esta “fiesta de los chivos” –y lo logra con demasí­a– declara “el cinematógrafo, obligadamente se lanzó por caminos fuera del arte, los más afines a los intereses y ventajas pequeñoburgueses…”

Esta segunda realidad se va modelando como un espacio de distensión, de entretención, en donde el individuo entra en una especie de amnesia temporal. Es así­ como el cine resulta ser componente vital de la industria del entretenimiento, un entretenimiento que resulta ser pernicioso, pues al ver cine ¿Se está viendo cine o estamos siendo vistos?, parece que un tipo de pregunta así­ nos arrastra hacia una sociedad como la vista por Orwell en su clásico libro 1984, en donde el gran hermano ejercí­a permanente vigilancia sobre las mentes y los cuerpos, vigilancia que radica en la no visibilidad de quien la ejerce, tal como nos lo describe Foucault en “Vigilar y Castigar” logrando la transparentación de los individuos, tranparentación que no es más que la violencia ejercida a la psiquis del sujeto con el resultado de la represión y el miedo. Un sujeto descentrado, imposibilitado de dirigir la mirada, como un borracho que se va de bruces, así­ estamos frente al cine e incluso al arte en general que produce un efecto narcotizante y desvinculador con la realidad. Del compromiso de Goya en Los fusilamientos del 3 de mayo, hasta el concierto para cuatro helicópteros de Stockhausen.

FIJAR LA MIRADA

Si bien hemos tratado de ver como se constituye el cine como fenómeno en relación a la sociedad, ahora nos cabe ver y fijar la mirada en el cine como tal, y la primera pregunta que nos ronda es casi de Perogrullo: ¿Qué es el cine?.

Pregunta que pone a este artí­culo cuesta arriba, pues se está interrogando por la especificidad de el fenómeno en cuestión y para ello se torna necesario comenzar a “desmontar” el cine. El cine está conformado por distintas manifestaciones artí­sticas, por un lado los guiones pertenecen al campo de la literatura, la imagen a la fotografí­a y por la música, entonces ¿Qué le es propio al cine si es una reunión de distintos fenómenos?, ¿Qué es lo que reúne a lo reunido?

Una respuesta que no deja de inquietar es la dada por Tarkovski quién considera que el tiempo es eso reunidor, pues a juicio del autor, él es el único arte de poder fijar el tiempo y el movimiento. Es decir, recoge a los objetos desde su facticidad, capta el tiempo en relación con la materia y pareciera ser que la única y precaria manera que tenemos de experimentar el tiempo es cuando otro lo experimenta.

En otras palabras, nunca puedo saber qué realmente es el tiempo, sino que experimentamos lo roí­do, vemos que las cosas envejecen, que las cosas se llenan de polvo después de un tiempo. El tiempo entonces, es como un manto que cae silenciosamente sobre las cosas. Los orientales poseen una expresión que puede condensar lo que acabamos de decir, ellos a las huellas del envejecimiento lo llaman saba, “que traducida textualmente significa: roña inimitable, el encanto de lo viejo, la pátina del tiempo”.

Claramente lo que nos propone Tarkovski es la responsabilidad del artista y de su obra frente a un mundo que se desvanece, alguien tiene que cargar con las grandes preguntas, pero mientras el cine o todo el arte se encuentre relacionado con la industria será mercancí­a, rubricada con un precio, que carece de todo valor y sentido “Pues no podemos olvidar que hoy en dí­a el éxito masivo de una pelí­cula es el indicio de que probablemente estemos ante un producto de la cultura de masas y no de una obra de arte”.

Y en chile pretenden hacer una industria del cine.

“EL CINE COMO NARCí“TICO” – Germán Freire Rodrí­guez


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