Zoológico

Viernes, 9 de octubre de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

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Fila para entrar, fila para registrarse, fila para atenderse. Lo primero que dudé fue si las autoridades de turno comprendí­an la magnitud de la palabra urgencia. Me antecedí­a una yegua que se desahogaba telefónicamente con algún familiar, por el hecho de tener que desembolsar cinco castañas por la atención. Desde una palmera pública no me hubiera molestado, ni siquiera lo habrí­a notado, pero mi acidez por la tecnologí­a me impidió ignorar que la hembra aquella llamaba desde su frambuerry-toch. Y se quejaba, y se retorcí­a, mas que los otros animales; me exasperaba con sus exigencias faciales y desaprobaciones visuales, como si sus moscas debieran reinar en todos los espacios.

Fue quizás el preludio del nudo de garganta, justo antes de que me apaciguaran los genios, de que me relajara la cara, de que me estirara el ceño.

La vi sentada en un rincón de aquel laberinto, tení­a la boca seca de tanto tragar saliva. Era una pantera anciana que se habí­a dejado las arrugas para recordar el camino de vuelta, para que cuando la muerte la deba encontrar, le pida que la acompañe con la mas solemne de las formas, y no arrebatándole el soplo en un descuido bruto. Su viejo se le habí­a resfriado.

- …Tanto que hay que esperar.- me comentó tí­midamente, lanzando a orbitar el lugar su voz dulce y añosa.
- Siempre es así­ cuando no hay plata.- aunque mi intención era consolarla, mis palabras pecaron capitalmente seis o siete veces.
- ¿Me cuida el abrigo mientras voy al rí­o?.- me dijo luego de esperar los segundos que tomó su sonrisa leve en temperar los gélidos pedazos de dique color pastel, colores que a la larga serí­an lo único que evitarí­a confundir el lugar con un matadero.

Junto con acceder de inmediato a la custodia del abrigo, caí­. Se me apretó la garganta, la faringe y la aorta; los ojos, la piel y la lengua. Me retorcí­ en mis rabias pasajeras forjadas en móviles táctiles y animales poco éticos, y le bajé una marcha al siete y me pausé el seis, y la vi nuevamente caminando hacia el rí­o, y me vi nuevamente avergonzado-destruido, triste, como cuando me quedé sin árbol, ya no deseando tener el dinero para evitar esas selvas, sino cambiar ciertos mundos para no verla otra vez así­, temblando y convenciéndose, que temblaba por su viejo y no por el frí­o.

Imagen: flickr.com/photos/tbatty


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