Inicio > Literatura > Azathoth

Azathoth

Lunes, 13 de abril de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

Cuando la vejez cayó sobre el mundo y la maravilla abandonó las mentes de los hombres; cuando ciudades grises alzaron a los ahumados cielos torres altas, sombrí­as y repugnantes, en cuyas sombras era imposible siquiera pensar en el sol o en los prados florecientes de la Primavera; cuando el conocimiento despojó a la tierra de su manto de belleza y los poetas no cantaron más salvo de fantasmas distorsionados vistos a través de ojos nublados e introspectivos; cuando estas cosas habí­an pasado, y las infantiles esperanzas se habí­an ido para siempre, hubo un hombre que empleó su vida en la búsqueda de los espacios hacia los cuales habí­an huido los sueños del mundo.

Del nombre y procedencia de este hombre poco se conoce, quizá porque aquellas cosas pertenecí­an sólo al mundo visible; pero se dice que ambos eran oscuros. Bastará decir que habitó una ciudad de altos muros donde reinaba un crepúsculo estéril, que trabajaba todo el dí­a entre la sombra y el desorden, regresando en la noche a un cuarto cuya única ventana no se abrí­a hacia campos abiertos y arboledas, sino hacia un patio oscuro al cual otras ventanas miraban en sombrí­a desesperación. Desde aquel marco sólo podí­an verse paredes y ventanas, excepto cuando al inclinarse lo suficiente uno podí­a mirar atento a las pequeñas estrellas que pasaban. Y porque paredes y ventanas desnudas llevan pronto a la locura al hombre que lee y sueña demasiado, el habitante de aquel cuarto solí­a noche tras noche inclinarse por aquella ventana y mirar a lo alto para observar algún fragmento de aquellas cosas que están más allá del mundo despierto y las altas ciudades. Con el paso de los años comenzó a dar nombre a las lentas estrellas navegantes, y a imaginar su rumbo cuando desafortunadamente planeaban fuera de su vista; cuando por fin su mirada se abrió hacia regiones secretas cuya existencia el ojo común no era capaz siquiera de sospechar. Y una noche un poderoso abismo fue cruzado, y los cielos encantados de ilusiones crecieron hasta alcanzar la ventana de aquel observador solitario combinándose con el aire viciado de su cuarto y haciéndolo a él parte de su fabulosa maravilla.

Vinieron a ese cuarto frenéticos raudales de una medianoche violeta que resplandecí­a un polvo dorado, vórtices de polvo y fuego, arremolinándose desde los espacios últimos junto con intensos perfumes de más allá de los mundos. Océanos opiáceos se vertieron allí­, iluminados por soles que el ojo quizá jamás contemplará y conteniendo en sus remolinos extraños delfí­nes y ninfas marinas de profundiades olvidadas. La silenciosa infinitud se arremolinó alrededor del soñador y lo llevó sin tocar siquiera el cuerpo que se ladeaba rí­gido por la ventana solitaria; y por dí­as ajenos a los calendarios de los hombres las mareas de aquellas esferas distantes lo llevaron gentilmente a unirse al curso de otros ciclos que tiernamente lo dejaron mientras dormí­a sobre una verde playa al amanecer; una verde ribera fragante a flores de loto y rodeada por un firmamento de rojos camalotes…

Azathoth – H.P. Lovecraft
Obra original: Dominio público
Traducción del original bajo licencia CC: BY-NC-ND
Imagen: (CC) Opo Terser / BY / Flickr


  1. Sin trackbacks aún.