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El poeta y el psicoanálisis

Miércoles, 15 de abril de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

iSi por lo menos pudiéramos descubrir en nosotros o en nuestros semejantes una actividad afí­n en algún modo a la composición poética! La investigación de dicha actividad nos permitirí­a esperar una primera explicación de la actividad creadora del poeta. Y, verdaderamente, existe tal posibilidad; los mismos poetas gustan de aminorar la distancia entre su singularidad y la esencia generalmente humana y nos aseguran de continuo que en cada hombre hay un poeta y que sólo con el último hombre morirá el último poeta.

En el ensayo XXXV  El POETA Y LOS SUEÑOS DIURNOS  1907 [1908]  sobre la psicologí­a del poeta, Freud nos muestra ciertas afinidades o ví­nculos entre lo que un sujeto piensa y fantasea y la manera de reflejarlo en su vida. Tomando en cuenta una categorí­a particular, de la cual se encuentra la raí­z de toda fantasí­a, y es el juego, como principal motor de esta fuerza que luego hará que el poeta proyecte su deseo, su fantasí­a, o en caso de no tener buen puerto su anhelo, su pesar y su agoní­a.

En palabras de Freud, encontramos citas de la que nos aclara, tanto los procesos del creador de versos, como de quienes hacemos de las letras una delicia a nuestros ojos, un placer de lo fonético, un delirio amable para nuestra alma.

Ahora bien: el poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente í­ntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad. Pero de esta irrealidad del mundo poético nacen consecuencias muy importantes para la técnica artí­stica, pues mucho de lo que, siendo real, no podrí­a procurar placer ninguno puede procurarlo como juego de la fantasí­a, y muchas emociones penosas en sí­ mismas pueden convertirse en una fuente de placer para el auditorio del poeta.

Al comentar su experiencia en la investigación sobre las fantasí­as y la explicitación de las mismas, Freud aclara que justamente no se manifiestan de manera natural, sino por el contrario; el sujeto trata de ocultarlas.

Preguntaréis cómo es posible saber tanto de las fantasí­as de los hombres, cuando ellos las ocultan con sigiloso misterio. Pues bien: es que hay una clase de hombres a los que no precisamente un dios, pero sí­ una severa diosa -la realidad-, les impone la tarea de comunicar de qué sufren y en qué hallan alegrí­a. Son éstos los enfermos nerviosos, los cuales han de confesar también ineludiblemente sus fantasí­as al médico, del que esperan la curación por medio del tratamiento psí­quico. De esta fuente procede nuestro conocimiento, el cual nos ha llevado luego a la hipótesis, sólidamente fundada, de que nuestros enfermos no nos comunican cosa distinta de lo que pudiéramos descubrir en los sanos.

Se le suma a este análisis una categorí­a temporal, se dice de las fantasí­as que son de tres tiempos, de un pasado, un presente y un futuro. Y las fantasí­as son móviles, adaptables a las circunstancias temporales. Seguramente las fantasí­as vienen de un pasado y cuando en el presente se ve una posibilidad de concretarlas el futuro es lo que se llena de decoros y adornos, es lo que comenzamos a imaginar y armar en nuestras cabezas.

Para esclarecer la idea de las fantasí­as y el poeta. Basta con mencionar que el poeta, justamente con este juego latente de sus fantasí­as logra hacer de las mismas una extensión estética.

…cuando el poeta nos hace presenciar sus juegos o nos cuenta aquello que nos inclinamos a explicar como sus personales sueños diurnos, sentimos un elevado placer, que afluye seguramente de numerosas fuentes. Cómo lo consigue el poeta es su más í­ntimo secreto; en la técnica de la superación de aquella repugnancia, relacionada indudablemente con las barreras que se alzan entre cada yo y las demás, está la verdadera ars poética. Dos órdenes de medios de esta técnica se nos revelan fácilmente. El poeta mitiga el carácter egoí­sta del sueño diurno por medio de modificaciones y ocultaciones y nos soborna con el placer puramente formal, o sea estético, que nos ofrece la exposición de sus fantasí­as. A tal placer, que nos es ofrecido para facilitar con él la génesis de un placer mayor, procedente de fuentes psí­quicas más hondas, lo designamos con los nombres de prima de atracción o placer preliminar. A mi juicio, todo el placer estético que el poeta nos procura entraña este carácter del placer preliminar, y el verdadero goce de la obra poética procede de la descarga de tensiones dadas en nuestra alma. Quizá contribuye no poco a este resultado positivo el hecho de que el poeta nos pone en situación de gozar en adelante, sin avergonzarnos ni hacernos reproche alguno, de nuestras propias fantasí­as.

Imagen: /www.flickr.com/photos/emiliagarassino


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