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Pan para hoy…

Jueves, 26 de marzo de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios
tarjetas de credito

¿Eres de los que come a crédito en los locales de comida rápida? ¿Compras entradas al cine en tres cuotas? Si alguna vez te has visto en esta situación, lo más probable es que en más de alguna ocasión has abusado del famoso dinero plástico.

Un punto de crí­tica constante en nuestra sociedad es la escaza normativa que regula la emisión y uso de las tarjetas de crédito no bancarias. En chile, acceder a una tarjeta de crédito de casa comercial es algo bastante simple, a tal punto que incluso es más fácil obtener una como estudiante que como trabajador.

Si eres estudiante, y no posees más ingreso que lo que te dan tus padres, aparecen dos factores importantí­simos para tener en consideración: primero, evaluar si eres capaz de ocupar el nuevo medio de pago organizadamente o si derechamente quieres vivir el momento y dejar las penas para mañana; y segundo, si eres de los que quiere vivir el momento, es imperativo tener en cuenta que tus deudas las pueden terminar pagando tus padres, incluso con embargo de bienes… Si bien no irás a la cárcel por una deuda comercial, si ésta no se paga una por un perí­odo determinado (normalmente alrededor de 3 meses) es muy probable que se inicien acciones legales en tu contra y vayan a embargarte por el monto adeudado, eso sin contar que pasas directo al famoso Boletí­n Comercial, más conocido como Dicom.

Una de las consecuencias más nefastas de la mora en este tipo de obligaciones, que por lo demás es bastante frecuente, es que el cobro judicial que se realiza respecto de estos créditos, recae sobre el mobiliario e incluso, en algunas ocasiones, sobre el inmueble familiar, lo cual produce un inmenso y evidente menoscabo en el patrimonio familiar que deriva en aflicciones de todo tipo.

De acuerdo a estudios realizados por el Instituto Nacional de la Juventud a medida que los jóvenes crecen muestran un mayor nivel de endeudamiento, el que en promedio- supera los 800 mil pesos. Por otra parte, aparece claro que las deudas de los jóvenes van de la mano con la obtención de instrumentos financieros, principalmente tarjetas de créditos en casas comerciales. En cifras redondas, puede decirse que al menos la mitad de la población joven posee estos instrumentos de consumo.

No seré yo quien me pronuncie sobre la moralidad del esquema de negocios llevado adelante por las respectivas casas comerciales. De hecho me parece que analizar un problema así­ en términos de moralidad es, cuando menos, errado e irrelevante. Más vale tener en cuenta que, por una parte, es innegable que el acceso al crédito es esencialí­simo en una economí­a, a tal punto que la actual crisis podrí­a verse mitigada enormemente si este acceso mejorara en terminos generales (ejemplo claro es la necesidad de financiamiento que hoy requiere la pequeña y mediana empresa); pero por otra, es claro que el crédito entregado por casas comerciales es extraordinariamente caro, principalmente porque lleva asociado un riesgo que, de igual forma, también es tremendamente elevado: básicamente estas instituciones dan crédito a gente que no lo conseguirí­a en ninguna otra parte.

Siempre es mejor tener opciones que no tenerlas, ello es evidente, pero hay que saber utilizarlas.

Recientemente, de parte de ciertos diputados, han surgido iniciativas cuya finalidad varí­a entre limitar la responsabilidad de los deudores por créditos asociados a este tipo de instrumentos, o lisa y llanamente, prohibir el acceso de estudiantes de educación superior a productos tales como lí­neas, tarjetas de crédito, e incluso cuentas corrientes u otros similares.

Estas iniciativas me parecen pésimas y altamente perjudiciales: implican enfrentar el problema desde la peor perspectiva. Creo que, en definitiva, no tendrí­an otro efecto que encarecer aún más el costo final de este tipo de créditos, los que, insisto, son tremendamente necesarios. Mucho menos cortoplacista y tremendamente más útil me parece la idea de regular para perfeccionar la transparencia en este mercado, obligando y fiscalizando para lograr la entrega de una mayor cantidad y mejor calidad de información a los consumidores, por ejemplo estableciendo la obligatoriedad de informar la tasa final efectiva de interés cobrado, el costo real derivado del cobro de comisiones, o informando en forma clara y entendible cuáles son las obligaciones que contraen los deudores, etc., de tal manera que éstos puedan, manteniendo la opción, decidir entre la mejor, más barata y más adecuada a sus necesidades o, por otra parte, abstenerse de usarlas si el costo es muy elevado, irracional o saben de antemano que no podrán cubrirlo.

Parafraseando a un viejo dicho popular me parece que aquí­ la culpa no es de quién da el afrecho, sino que es, lisa y llanamente, del chancho. Si nuestra juventud y en general todos nosotros consumidores no somos capaces de comprender que simplemente no podemos disponer de lo que no tenemos estamos muy pero muy mal. Ello no sólo habla pésimo de nuestros jóvenes y de nosotros como personas, sino que incluso viene en cierta manera a legitimar un consumismo irrestricto e irresponsable. Y nótese que no hablo de niños de enseñanza escolar, sino de estudiantes de educación superior: profesionales, técnicos, universitarios en general, en suma, personas que debiesen actuar a la altura de las circunstancias y ser responsables, al menos, con su familia más cercana que es finalmente la que asume y termina pagando ya no sólo una carrera, con todo lo que ello conlleva, sino que también gastos absolutamente descriteriados o, en el mejor de los casos, innecesarios.

Imagen: (cc) CaféLiterario


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