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En hablar no hay engaño

Lunes, 23 de marzo de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

“Sé bien hombre y dí­ las cosas de frente” quizá serí­a una de las primeras cosas que dirí­amos si nos enteramos de que alguien trama algo a nuestras espaldas.

Los secretismos no agradan a nadie. Las sociedades, personajes o ideas secretas siempre han generado resquemores, y más de una vez han sido fundados. Calló Alemania en 1933. Callan en Cuba y China a su propia gente y, peor aún, en Venezuela y otros lados se los quiere imitar.

Seamos claros: las cosas hay que decirlas y discutirlas. No confí­o en nadie que no sea capaz de hacerlo.

El poder expresarse es una libertad y una necesidad inherentes al ser humano. Da fe de ello que prácticamente todas las democracias occidentales consagran tal derecho en sus respectivas constituciones. E incluso, lo mismo se puede decir de todos aquellos paí­ses cuya actividad legislativa recae en un Congreso, pues no se concibe un lugar esencialmente hecho para debatir, para expresar ideas, discutirlas y crear consensos, sin que éstas se puedan expresar para que aquél debate nazca.

Muy libertad será, pero también es una responsabilidad.

No me gustan los acuerdos secretos. Mucho menos las defensas corporativas secretas. Cuando vienen del Estado simplemente no los tolero. Patético es el caso del convenio de la SCD y el Gobierno para el desarrollo de una normativa de derecho de autor esencialmente leonina contra todos quienes no sean los titulares de los derechos; o el acuerdo Microsoft / Gobierno de Chile, más antiguo pero no menos horrendo; o el verdadero fraude ocurrido en el caso de Ferrocarriles del Estado. Y así­ otros que no vale la pena recordar. Todos ellos fueron fraguados en el más absoluto, cómplice e inaceptable mutismo.

Fuera de Chile la cosa tampoco es miel sobre hojuelas. Siguiendo el ejemplo de China, hoy mismo Australia, Nueva Zelanda y otros paí­ses de la zona buscan filtrar Internet en base a una lista negra de sitios prohibidos, respecto de los cuales será bloqueado todo acceso, la cual es secreta e indiscutible. Si bien la mayorí­a de los sitios en dicha lista (según se filtró, porque ésta es secreta y solo la manejan los ISP) son de pornografí­a infantil, existe un margen no menor de sitios total y completamente legales que no tienen ningún derecho a reclamo. La lista simplemente es y no existe ninguna instancia que permita, ni siquiera, cuando menos corregirla. La historia muestra que todo sistema secreto de censura, cualquiera que sea su propósito original, termina, invariablemente, corrompido en un arma antidemocrática.

Nuevamente: la discusión, la crí­tica y la transparencia son bases de un sistema democrático.

Tanto en lo público como en lo privado, ha surgido la necesidad de transparentar acciones y decisiones, de dar cuenta a la sociedad de polí­ticas de administración, gobierno y funciones; de informar y ser transparentes. Tal es la necesidad, que incluso se le ha dado un nombre: accountability.

¿Pero dónde queda aquello, ya no en el plano de Gobierno, sino en el de todos nosotros? Pareciera que por estos lares o prácticamente todo se olvida o prácticamente todo es tabú. Nada se discute ni nada se critica. “Es mi paí­s, es un paí­s esponja: se chupa todo lo que pasó”. Aquí­ todo se calla. Si nuestra sociedad no es capaz ni siquiera de hablarle de sexo a nuestros jovenes, simplemente no le pidamos peras al olmo.

¡Discusión y crí­tica necesitamos señores! Y no tan sólo del tema de moda, ya sea la eutanasia, la donación de órganos o el aborto terapéutico. Discuta y sea usted quien diga que el papa no condena el aborto indirecto. Critique y sea usted quien diga que negándose mosaica y rotundamente a discutir, los sectores conservadores han demostrado ser más papistas que el Papa. Dí­gales, por último, que tapándose los oí­dos nadie gana. O dí­gale al candidato que corresponda que hablar de éstas cosas solamente por estar en campaña es propio de alguien que NO merece ser presidente.

No demos lugar a fundamentalismos: la sociedad chilena necesita asumir, como criterio fundamental de convivencia, el respeto a las distintas ideas y convicciones. Tampoco demos lugar a que tal o cual candidato, partido, gobierno o coalisión de turno haga y deshaga sin tener que responder. En estas materias no hay perdón que valga. Hay que criticar y discutir sobre todo porque ello no significa ni agredir ni atacar ni nada por el estilo: es avanzar. Si bien no se puede decir que nuestro paí­s sea corrupto, hay cosas que se han hecho lisa y llanamente mal, y eso hay que tenerlo extremadamente presente. Todo proyecto, toda norma y, sobretodo, toda ley deben ser el fruto de una discusión previa transversal y ardua, y haber aguantado un vendaval de crí­ticas. Si alguien no nos lo permite o nos lo quiere mantener secreto, desconfí­a de él como tu peor enemigo: nada bueno saldrá de allí­. Y por otra parte, si pudiendo hacerlo no participamos simplemente estamos perdidos. Nada surge de la complacencia, ni menos del silencio, salvo más complacencia y más silencio, cada vez más forzados.

Imagen: (cc) Bossanostra / Flickr


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