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Mayor que la piedad

Viernes, 20 de marzo de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

No saldrán palabras, no trataré de convencerte ni de demostrarte nada. No serí­a capaz.

Perdóname, pues hoy quizá no diré nada. Y, si llego a hacerlo, no tendrá sentido. No me preguntes, pues mal podrí­a responderte. Haz como si no existiera, por favor.

Así­, sin más.

Nada.

Ya llegará el dí­a de pedir perdón. Siempre llega.

He sido aquel Titán que artera y alevosamente desgarra a Dionisio, sin que éste se dé cuenta.

Hoy he perdido la fe, me he entregado a la desesperanza. He conocido aquél camino, aquél erial que entre sollozos manchara Bécquer. Me he convencido de que no hay indigentes, no hay misántropos, no hay perros vagos, no hay almas en pena. En esta vida no hay vagos, sólo abandonados, y detrás de ese abandono siempre hay algo humano. El infierno son los otros, me recuerda Sartre con una mirada de desprecio, como diciendo “así­ lo quisiste”. Y es cierto. Desde hoy seré una imagen más del infierno, me lo he ganado. Así­ lo he querido.

La miré de frente al despedirme. Quizá ella intuí­a que algo estaba por morir. Para mi fue una certeza. Tal vez por eso nos escuchamos sinceramente, sin esperar turnos para hablar.

Le dije “Adiós” con una frialdad que me perturbó, y que terminó por apagar definitivamente el eterno instante en que consumé mi desgarro y callé que aquella era la última vez que me verí­a. Así­, sin más, sin razón, sin conflicto: querí­a destruir algo bello.

Imagen: (cc) julianrod / Flickr

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