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Ad lí­bitum

Jueves, 12 de marzo de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

No fue sino en aquel momento cuando el tiempo existió para ella. Tantas veces el final de una obra habí­a sido la prolongación atemporal del movimiento de sus manos, la omnipotencia del arco y la pasividad de quien no era entonces sino su complemento, una forma de extensión de toda su cosmovisión un estado catársico en donde aquellas manos y las armas más peligrosas que ha concebido la sensibilidad se moví­an sin moverse en una danza que a veces se prolongaba por horas, perdidas dentro de un universo en donde el único presente era aquella pieza musical en toda su inhumana inmensidad, como si su mente fuera un dios que ve en un solo momento toda la historia del universo al cual se aboca y para el cual no existe tiempo alguno pues ambos se hallan separados por un abismo de distancia, tal como lo incondicionado de un fenómeno, y que la maravillaba tanto y quizás aún más que los breves instantes en los que lograba existir, existir sólo para luego deshacerse en una danza indescriptible de sentimentalidades y vivencias imaginadas labradas por el encierro, la captura mental de la música en su sentir y de sí­ misma en aquel yo atento, o aquella intención volcada hacia sí­ que se mantení­a siempre alerta en busca de una reacción propia, como un juego de espejos donde tratas de engañar a la imagen, al reflejo, y que, al igual que aquel engaño, nunca llegaba, pues su conciencia tení­a la preciosa cualidad de tomar la corpulencia del sonido, aquella mezcla que sólo se parece a…
Y fue en medio de aquel rito vital donde el tiempo hizo lo que sólo el tiempo puede. Y como el tiempo existió, sintió, punzante, la soledad.

Imagen: (cc) sarasculli / Flickr


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