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Maldita tecnologí­a

Martes, 10 de marzo de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

Esto trata sobre un mail que me llegó hace un tiempo, y que respondí­ hace un tiempo también. El mail citaba textual un artí­culo de Hernán Casciari llamado “El móvil de Hansel y Gretel”. Mediante analogí­as pintorescas intentaba hacer entender que la tecnologí­a destruirí­a la literatura encantada obligatoria (esa que en Café Literario respetamos lo justo necesario). Me sentí­ tan, pero tan en desacuerdo con el autor que le mandé esta respuesta. Con el afán de no influir en opinión alguna, el articulo original se puede ver desde aquí­. Si usted ya lo leyó, prosiga, de seguro estará de acuerdo o en desacuerdo con mi respuesta, pero jamás indiferente.

En treinta y ocho meses mas, Amparo (mi sobrina que hoy tiene diez meses de vida) cumplirá cuatro años. Haré la prueba de relatarle Hansel y Gretel, pero doy por sentado que tendré que leérselo, mi memoria no funciona como antes. Personalmente, tuve la suerte de escuchar muchos cuentos por parte de mis tí­as cuando era niño, y por cierto, no recuerdo haber escuchado ninguna que involucrara un teléfono móvil (por suerte), y yo tampoco sabí­a de la existencia de estos globalizadores aparatos como para cuestionarme por que no hicieron mas fácil la comunicación de unos cuantos personajes sufridamente épicos.

La literatura, o bien, las expresiones artí­sticas en general, nunca han sido de interés de las masas, y pienso, arriesgadamente talvez, que jamás lo serán. Y es así­, un cuento no tiene por que llenarle a un niño la imaginación de punta a cabo, solo por que nuestra visión de los hechos está, por un asunto de épocas, un tanto mas mellada que la de otra personita que nació veinte o treinta años después que nosotros, y por ende distan de la impresión que nos dejaban las incuestionables e idí­licas acciones que nos relataban cuando niños. No me parecerí­a nada extraño que al contarle Blancanieves a una niña de diez años, esa niña se cuestione el porqué de la espera cómoda y somní­fera de la protagonista, siendo que lleva mas de seis de sus años asistiendo a centros educacionales en donde les potencian (o al menos tratan) la proactividad e igualdad de trato para con ambos géneros. Probablemente me dirí­a que durmiendo jamás llegarí­a a ser la sucesora de Bachellet o Fernández.

Un dí­a, hace un par de meses, me tocó cuidar un niño unas horas. Apelé a la caja de los idiotas para poder respirar un poco y no quemar todas las calorí­as en la supervisón de un chico con energí­a inagotable. En la tevé estaban transmitiendo “The Fairy OddParents”, o “Los Padrinos Mágicos” en español; la serie estaba comenzando, ergo, tuve (o pude) que ver el programa completo. Me bastó solo un capí­tulo para quedar impactado: un pequeño hijo de padres despreocupados (que en la intro del show incluso aparecen impresos en cartón), el cual siempre dejan al cuidado de una niñera que lo maltrata hasta el cansancio; tiene dos amigos, uno de piel negra y millonario, y otro de bajos recursos económicos que, vive en un remolque con su padre, el cual ¡Siempre lleva una bolsa de papel en la cara! (si si, como un pasamontañas). No aguanté mas del asombro, y con el trato poco infantil que tengo con los niños superiores a cinco años le pregunté: ¿Se puede saber de que trata lo que estamos viendo? “Es Timmy, los papás lo ignoran y Vicky (la niñera) lo maltrata. El profesor siempre trata de ponerle malas notas”. Cuando le pregunté por el papá del personaje que viví­a en el remolque, y del porqué de la bolsa de papel me respondió: “Fácil. Le da vergí¼enza vivir en un remolque”. De una pieza quedé.

Después de eso no iba a apagarle el televisor y contarle Pinocho, si desde segundo grado conoce que su nariz no va a crecer mas allá de lo que alcanza su lengua; tampoco Romeo y Julieta si lo que sabe de amor tiene como base procesos judiciales, desde que las neuronas le permiten almacenar momentos sobre los trámites de divorcio de sus progenitores. Mucho menos Caperucita Roja, que le iba a dejar pasteles a una abuela al otro lado de un peligroso bosque… ¿Qué mujer tan torcida enví­a a su hija, vestida de rojo, por un camino solitario a través de un bosque frondoso, a dejar pasteles a una anciana que lo que en realidad necesitaba era quizás es un doctor? (Coco Legrand). No esperemos que los niños se traguen eso con la misma credulidad de antes, salvo que entiendan el contexto, y sepan que da lo mismo la cantidad de imposibles si el móvil es un argumento de peso.

Puedes tener cien años, y jamás haber rozado una imagen idí­lica dibujada por las lí­neas de un buen relato, por que la magia de sumergirse a tal punto en una historia no es un elixir que podemos inyectar por granel a quienes nos suceden cronológicamente, sino el gusto por lo que te maravilla. Traslademos eso al futbol, la danza, el cine, la informática, incluso las estafas, y nos daremos cuenta de lo injustos que serí­amos si nos resistiéramos al cuestionamiento nuevo y agudamente maravilloso de quienes tienen muchas mas armas y no fueron reprimidos en cada pregunta que hicieron (como muchos de nosotros). Si Adrián Dufflocq tuviera que reeditar su Silabario Hispanoamericano, me parece que no servirí­a de mucho agregarle un teléfono móvil a la historia del Lobo Pastor; mal que mal el lobo no sabí­a leer, y a lo que se apela es a la educación y/o información por sobre la fuerza bruta de un animal sediento por alimentarse.

No necesitan nuevos móviles, necesitan nuevos relatos, adecuados a su realidad, a su tiempo. Apuesto mi vida que si le entregamos Hansel y Gretel a Garcí­a Márquez o Benedetti, y les pedimos que agreguen un celular, de seguro sabrí­an anularlo, de la manera mas magistral posible, haciéndonos redescubrir, que después de descubrir, debe ser la sensación mas placentera que nos entregan las letras. Porque los teléfonos móviles pasaran a ser parte de los museos cuando veamos hologramas proyectados por los anillos de las manos, y estos anillos demoniacos acompañarán a los teléfonos móviles cuando se logre transferir un humano de un lugar a otro por medio de protocolos en esencia idénticos a como se transfirió este correo electrónico, y ahí­ nos veremos melancólicos remembrando la época de los móviles, tal y como lo hizo algún orador medieval al ver como las cartas transportadas organizadamente por carretas le quitaron el encanto al viaje inmolador de un mensajero que entregaba su vida para llevar un mensaje desde Atenas hasta Esparta.

No nos engañemos, que la tecnologí­a no disminuye en nada la real distancia, el desencuentro y la incomunicación. Las obras caducan para el común de los mortales, mas no para quienes disfrutamos con la inmersión en una época que no es la nuestra, y los mismos niños que nos obligan a adecuarlas y contarlas de otra forma, son los futuros escritores en potencia que no necesitarán esperar eternamente afuera de una editorial para expresarse al mundo, ni respetar desmesuradamente a los “grandes” de la literatura. En lo personal, existiendo o no el celular, yo correrí­a desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que amo que no suba a ese avión, porque que tengo certeza que si se lo pido por celular, lo único que ella harí­a, serí­a hacer su check in aun con más prisa. De igual forma, haré la prueba con mi sobrina en un par de años mas.

Benjamí­n Burgos

Imagen: www.flickr.com/photos/emeryjl

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