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¿Volveré a encontrarte, amigo?

Lunes, 9 de marzo de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

Alguna vez te dije que a algunas cuadras de aquí­, cerca de un lugar que se llama Matucana, estaba el mar. Nunca conocimos el mar juntos. Te conté del malecón, del puerto, de las gaviotas. Te gustó, lo noté. No te lo habí­a dicho pero lo noté porque entredormido te moviste como si nombrara algo que te agrada. Tal vez ese dí­a soñaste con las olas, quién sabe. Es una pena que tengamos que ir más lejos. Santiago ya no tiene mar. Se nos van las cosas, es triste.

Quizá te hubiera gustado más el campo. Yo crecí­ allá. No te hubieras cansado de recorrer, de conocer lugares nuevos. Y de volver a los que ya conociste, eso siempre me gustó más que lo otro. Tal vez por eso nunca dejé esta vieja casa. Yo se que no soportabas muchas cosas de aquí­, pero aun así­, sin que nadie te obligara, te quedaste.

A veces pienso que lo único que aprendemos verdaderamente es a perder, a desaparecer. No subordinarse a nada ni a un hombre ni a un amor, ni a una idea, convertirnos en peritos de las despedidas, como dirí­a Vila-Matas. Todos nosotros somos un poco así­. Hoy el tiempo me hace dudas. Yo no sé, mira, es como esa vez que peleamos y al tiempo volviste con una disculpa que para mi no era necesaria. Me hiciste falta. A veces todo hace falta, pero esto es distinto. ¿Tú me entiendes, no? Quiero decir, hay cosas que he llegado a olvidar y que no siento necesarias, es extraño.

Más de alguna vez pensé en escribir sobre ti, sobre la emoción y felicidad de tenerte conmigo. Escribir sobre la amistad y dar gracias como Cortázar a Fernández. Entrar como en un trance, en una casilla zodiacal vasta y próspera y escribir desde esa impresión maravillosa. Nunca lo hice y lo lamento.

La quietud te abraza, una quietud que no es la tuya. También moriré algún dí­a. Yo sé que ya no me escuchas. Si lo hicieras no te dirí­a nada, o te dirí­a esas cosas importantes que hace mucho tiempo dejé de decir. Si me dejas, haré mí­os los versos de Miguel de Unamuno, a quién más de una vez leyeramos juntos, aunque no te dieras cuenta. Perdona mi atrevimiento y mi mezquindad. ¿Volveré a encontrarte, amigo?

“(…) ¿No volveré a encontrarte, manso amigo?
¿Serás allí­ un recuerdo,
recuerdo puro?
Y este recuerdo
¿no correrá a mis ojos?
¿No saltará, blandiendo en alegrí­a
enhiesto el rabo?
¿No lamerá la mano de mi espí­ritu?
¿No mirará a mis ojos?

Ese recuerdo,
¿no serás tú, tú mismo,
dueño de ti, viviendo vida eterna?
Tus sueños, ¿qué se hicieron?
¿Qué la piedad con que leal seguiste
de mi voz el mandato?

Yo fui tu religión, yo fui tu gloria;
a Dios en mí­ soñaste;
mis ojos fueron para ti ventana
del otro mundo.
¿Si supieras, mi perro,
qué triste está tu dios, porque te has muerto?

¡También tu dios se morirá algún dí­a!
Moriste con tus ojos
en mis ojos clavados,
tal vez buscando en éstos el misterio
que te envolví­a.
Y tus pupilas tristes
a espiar avezadas mis deseos,
preguntar parecí­an:
¿Adónde vamos, mi amo?
¿Adónde vamos? (…)

Mira, mi pobre amigo,
mi fiel creyente;
al ver morir tus ojos que me miran,
al ver cristalizarse tu mirada,
antes fluida,
yo también te pregunto: ¿adónde vamos? (…)

Descansa en paz, mi pobre compañero,
descansa en paz; más triste
la suerte de tu dios que no la tuya.
Los dioses lloran,
los dioses lloran cuando muere el perro
que les lamió las manos,
que les miró a los ojos,
y al mirarles así­ les preguntaba:
¿adónde vamos?”

Imagen: It’sGreg (Flickr)


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