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Cementerio de pueblo

Jueves, 5 de marzo de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

Muy lejos de Santiago, cuando me encontraba hacia la cordillera en aquel lugar de nuestro sur que atesoro con un fervor infantil, y que como todo tesoro que se digne de tal logra darme al menos una modesta imagen de lo que es realmente el arraigo, donde mi bisabuelo formara hace innumerables lustros aquel fundo que llegarí­a hasta mis dí­as, la tierra de mi madre y donde hoy descansa nuestra matriarca, mi querida abuela, fui, como cada vez que estoy allá, a visitarla a aquel cementerio de pueblo, más bien de campo, que mira al lago, una postal que sólo descubrirí­a, bautizmalmente, el dí­a de su funeral.

Jamás habia recorrido un cementerio, no recuerdo ninguna otra vez haber caminado por alguno imaginando simientes, legados y vidas consumadas, tristezas que no alcanzaron a durar cien años, o abrazos que en un mismo momento se prolongaron hasta perderse en la ausencia. No es lo mí­o.

Tampoco lo hubiera hecho esta vez.

Casualmente divisé un par de fechas y nombres, sin prestar mayor atención. Noventa y tantos años, sesenta y tantos, setenta y tantos. Vidas enteras, mal que mal es lo que uno espera de un lugar así­, pensé. Hubiera seguido, impertérrito, sino hubiera sido por dos cosas. Sin previar aviso, abruptamente aquellos años se hicieron dí­as. Cinco dí­as, dos dí­as, un dí­a. Aquellas cerquitas blancas me calaron hondo, más aún cuando se transformaron en lo que siempre fueron, pequeñas cunas, pequeñas camitas en las que incluso alguien, arropando al angelito, deseándole buenas noches, o quizá buenos dí­as, dejó más de algún juguete, más de algún peluche, y quién sabe qué más allí­ se quedó. Incluso en una de esas crucecitas estaba la fecha, la misma, del dí­a de mi nacimiento. Aquél que nunca supo de la noche ni el dí­a, ni de padre, ni madre, amigo o hermano, quien sólo tuvo quebranto, y que hoy contemplo por ventura, sin merecerlo, sin ser mejor que él en absolutamente nada. ¡Qué dolor más lacerante, qué infortunio más terrible que perder a un niño!

Luego, en aquel mar de seres queridos, me encontré con la miseria de aquellos a quienes la muerte despojó de todo. Aquellos a quienes nadie lloró, nadie recordó, y aún hasta hoy nadie recuerda. Quienes no tienen nombre. Quienes murieron dos veces, indigentes despojados de todo salvo de su humanidad.

Aunque no recordaba bien su nombre, la relación fue inmediata. Friedhof der Namenlosen. El cementerio de los sin nombre. Así­ se llama un pequeño lugar ubicado en la rivera del Danubio en Viena donde se encuentran enterrados en el más completo anonimato los cuerpos de quienes se ahogaban en el rí­o y nunca nadie reclamaba. Pero allí­ es distinto. En silencio se acompañan, sabiendo que el destino los trató por igual. Acá son parias, los apuntados, los marginados del cariño y del recuerdo, un pequeño ghetto.

Cada cierto tiempo, cuando la desventura hace que algún recién nacido sea abandonado, espontánea e infaliblemente, como para reafirmar la dignidad de aquél que nada tiene, sea donde sea que esté surge siempre un nombre. Lo mismo hacen todos los padres, aún antes de que nazca, deseando humilde y fervorosamente que aquel niño viva. Lo hacemos incluso con quienes amamos: Run Run jamás volvió a ser Gilbert Favré. Aquel nombre, aquél bautizo, pareciera ser junto con un ruego por la vida, un acto de amor. Es como si el ser humano jamás pudiera ser anónimo, y cuando lo es sentimos verdaderamente la derrota de ser hombre. Qué dolor deben sentir los familiares de los ejecutados enterrados en el patio 29. Qué dolor deben sentir sus autores. ¡Qué tremendo dolor la pérdida de todo aquello que forjamos -bueno o malo-, nuestra historia, la negación de nuestra propia existencia!

Cuando por fin llegué a aquel encuentro del que me habí­a desviado doblemente no pude, superado, sino dar gracias a Dios como pocas veces. ¡Eres feliz y no lo sabes! Eso es lo que enseñan los niños que mueren, eso es lo que enseñan quienes perdieron todo.

Imagen: cnfiton (Flickr)


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