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Cuento de Estí­o

Viernes, 6 de febrero de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

En honor a la memoria olvidada de mi abuela, que tal vez ni recuerde que escribió esto en sus años mozos y que hace mucho tiempo me dió un sobre que contení­a el presente cuento, que por lo demás sacó el primer lugar de un Concurso Literario del Liceo de Niñas nº4 “Paula Jaraquemada” en el año 1943; ella tení­a 18 años en ese entonces.

http://www.mascotas.org

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A Luisito siempre le habí­an gustado los cuentos, sobre todo, los que le contaba su padre, cuando volví­a de la faena del campo, al atardecer y lo tomaba en sus robustos brazos de labrador, entraba con él a la cocina y se sentaban a la luz de la lumbre…
-¿Un cuento hijo mí­o, un cuento?

Y comenzaba a contarle a Luisito, cuyos ojos se abrí­an anciosamente, de ratoncillos que viví­an en el vecino trigal, que se extendí­a desde la casa del labrador hasta donde la mirada alcanzaba…

-”Has de saber hijo mí­o, que los ratones celebran todos los años una fiesta por la pingue recolección de provisiones que hacen en verano y, como ya estamos a fines de estación, probablemente, una de estas noches se celebrará en la pradera la fiesta de los ratoncillos…”
             Esa noche fue excepcionalmente cálida. Los grillos cantaban en los brezales, el blanco del disco de la luna esparcí­a en el horizonte una dulce y brillante claridad, la atmósfera estaba en calma, el cielo era lí­mpido y azul,  la brisa nocturna era tan débil y acariciante que apenas moví­a las hojas de los árboles…
           Luisito se hallaba acostado. A través de la ventana abierta divisaba la bóveda celeste salpicada de diamantinas estrellas; de vez en cuando oí­a en los rediles a alguna oveja que se moví­a inquieta, en esa enervante noche de fin de verano…Luisito pensó en la fiesta ratonil…¿serí­a verdad lo que su papá contaba?…se lo repetí­a todos los años y con una convicción que no admití­a duda…¿y si esa noche, por algún milagro, se efectuaba la tan deseada fiesta de Luisito?…Se levantó muy quedo y se dirigió a la pradera: la tibia brisa del estí­o le traí­a el olor del tomillo y de la silvestre madreselva.
Allá al fondo, se percibí­a el umbroso y tupido bosque; la luna, pálida y luminosa, le enseñaba el camino…Por un sendero se internó en el bosque y siguió sin rumbo fijo. Llegó por fin a sus oí­dos una dulce melodí­a cuyos acordes se oí­an definidos. Apresuró el paso y llegó a un claro del bosque bañado en luz lunar y ¡oh maravilla!…Luisito divisó, perfectamente, en el centro de la esplanada, una ronda formada por numerosos ratoncitos vestidos con trajes azules, amarillos ograna; cogidos de la mano, danzaban al compás de la música, interpretada por ratoniles personajes. La danza describí­a un cí­rculo que giraba y mareaba los afiebrados ojos de Luisito que contemplaba embelezado a la gentil y graciosa fiesta de estí­o.
          Cuando por fin cesó el baile, los ratoncitos se sirvieron un copioso banquete en el que abundaron frutas y semillas confitadas, embriagadores elí­xires extraí­dos del calí­z de las flores, nueces trituradas, pastas de miel con almendras y mil cosillas que fueron devoradas por la roedora concurrencia entre libaciones y conversaciones. Después de terminado el banquete se reanudó la danza hasta que la luna  ocultó su plateado disco tras las lejanas masas de arbolado…De pronto rasgó el aire el clamoroso canto del gallo, anunciando la venida de la aurora que, silenciosa y rosada, avanzaba por Oriente. En ese momento Luisito se sintió sacudido y oyó la voz de su madre que le decí­a:
-”Luisí­n, hasta cuando duermes…tienes que ayudarme a hacer mantequilla y a cuidar las ovejas que anoche estuvieron muy inquietas, como si en el bosque hubiese alguna de las famosas fiestas ratoniles que tu padre te cuenta siempre”

                         Nanette

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