Matilde

Miércoles, 28 de enero de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios
www.flickr.com/daquellamanera

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Mis condescendientes actuares
sólo avivaron su delirio,
y de lo pleno al martirio,
se cuajaron los manjares;
no se lo merecí­a,
ni en la mas atómica cantidad.
Quién lo dirí­a,
yo dándole cobijo, y ella,
habí­a manchado mi fe, mi confianza,
mis sábanas, mi casa.

Aprovechó un descuido para acercarse a mí­
y sentí­ su lengua en mi mejilla…

Ahí­ estaba ella,
mirándome con esa cara inocente,
como pidiéndome perdón por todos los malos ratos…

Pero no, mi decisión ya estaba tomada,
no volverí­a a dormir con ella,
ni cariños ni promesas,
ni comidas ni sobremesas,
no más noches en vela
ni más miradas fijas en la luna.

Mis condescendientes actuares
sólo avivaron su delirio,
y de lo pleno al martirio,
se cuajaron los manjares;
no se lo merecí­a,
ni en la mas atómica cantidad.
Quién lo dirí­a,
yo dándole cobijo, y ella,
habí­a manchado mi fe, mi confianza,
mis sábanas, mi casa.

Aprovechó un descuido para acercarse a mí­
y sentí­ su lengua en mi mejilla…

“Eres una perra” le dije,
y solté una sonrisa condenatoria,
de ésas que perdonan
incluso al homicida de tus sueños.

Yo tení­a entendido que los labradores eran de temperamento pací­fico.
Claramente me equivoqué con Matilde.

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