El Camino al Pueblo Oculto…
Toma mi mano, no me mires a los ojos si no quieres,
recuerda que soy un hombre enfermo con los días contados…
Toma mi mano, he venido a sentir el calor de tus lágrimas
prende una llama que enfrente el reflejo de tus pupilas en la oscuridad, y mírame arder.
Piensa que estaré bajo el mar, en cualquier lugar donde mi rostro ya no tenga valor.
Decidirás continuar buscando tus raíces…
He construido mi propia miseria
creo que me revela una luz que brilla en el cielo,
pero aun así no puedo dejar de escuchar el grito desesperado
Poema II
Mejor arriba que abajo de estas ruedas,
camino o más bien me caminan
con un sólo audífono en mi oído
y con un libro en mi mano.
Mejor arriba que abajo de la ciento cuatro
siento que ya no damos para más
buscando asiento y por qué no, refugio
de extraños rostros y fingidas sonrisas, gente de pie.
Treinta segundos

¿Qué son treinta segundos?
Hasta ahora, era sólo medio minuto
¿Qué es medio minuto?
Nada importante para un día entero
Pero ahora, me pregunto a menudo
Son treinta segundos de agonía
De apretárseme el pecho
Treinta segundos y siento ya tu lejanía…
Como si no nos hubiesemos amado

Como un sueño lejano, vienen a mi memoria los momentos, que la vida, con sus insospechadas mocedades un día nos regaló. Como un existir confundido en el tiempo, como una historia de otros, como un paisaje en sepia, como un libro terminado… ¿Es que tanto tiempo ha pasado? ¿O el cansancio y el aletargado dolor de la distancia me separan irremediablemente de tu recuerdo?
Tu vida y la mía, pasean inmunes por la cima del olvido, como dos seres distantes e indiferentes a la pasión infinita que ayer nos unió y nos turbó el aliento. Ese amor que creímos invulnerable, único e insospechado. Que emanó casi de la nada, y que se alimentó de todo, para poder sentirnos vencedores de los océanos y soles que nos distaban.
Acaso, como una historia leída, resurgirá en el tiempo tu presencia como un pasaje casi ajeno, idílico e inconfesable. Ya sin sentir mi alma fusionada con la tuya. Ya sin tu olor en mi piel, ni el palpo de mis dedos en tu pelo. Y casi sin advertirlo, ya sin culpas ni reproches, pronunciaremos nuestros nombres, como si nunca nos hubiésemos amado.
Frozen
Puedes estar mas triste?
Serías tan amable, de decirme,
sin dejar de hacer lo que estás haciendo
si es que puedes estar mas triste…
Mi pregunta suena a morbo,
pero juro que no esconde ironía ni sarcasmo,
muy por el contrario, me importa y mucho
mas de lo que me permitiría mi habitual apatía,
tal vez un poco menos de todo lo que tú me importas.
Quiero saber, sin forceps,
cual es la muerte que te tiene mirándome con esos ojos de adiós,
ya no por ciencia:
por sentir, igual que tú
el corte de sueños que te tiene hecho sangre,
a ver si habría sido espalda de cargarme tus ganas,
a ver si habría tenido las agallas para seguir con vida. Leer más…
Encargo
No me des tregua, no me perdones nunca. Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que vuelves. ¡No me dejes dormir, no me des paz! Entonces ganaré mi reino, naceré lentamente.
Maldita Bendición

flickr.com/circo_de_invierno
Yo… yo no daría nada por ti,
es más, creo que mis ganas no rozan siquiera el borde de lo anormal,
no te pienso a cada momento,
ni contento ni lerdo me pone tu presencia,
ni me invade la indecencia al ver el final de tu escote,
los brotes de arrebatos nunca llegan a su edad adulta,
y la pulpa del deseo jamás alcanza el espesor requerido…
Como es entonces que debo volver a ti,
¿Resentido? ¿Por esencia? ¿Por consuelo?
Solo letras errantes de mí puño tu has sabido,
no me has visto idolatrarte ni mecerte
ni en el altar de mis pasos, ni en mis brazos condenados,
y aun así te paras de frente,
Poniendo la mejilla ante el voraz alcance de mi furia…
¿Como no compadecerme? ¿Como no sentir pena por los futuros truncados? Leer más…
Papeles inesperados

“Tengo unos papelitos de Julio que quiero mostrarte”, le dijo Aurora Bernárdez aquella noche. Ese palabra adelgazada, “papelitos”, sonaba como un anestésico para mitigar la ansiedad que iba provocarle lo que luego asomó ante sus ojos: un mueble cargado de cajones que derramaban textos inéditos de Julio Cortázar.
VER PUBLICACIÓN COMPLETANeruda y las mujeres que abandonó

En 1936 el poeta vio por última vez a su primera esposa y a su única hija. La pequeña, enferma de hidrocefalia, moriría siete años después en Holanda, invadida por los nazis. “Es tan largo el olvido”, una novela recién publicada en ese país, rescata este episodio.